sábado, 12 de septiembre de 2009

El Misterio del Lenguaje


Por Conrado Roche Reyes

La escritura, quizá por el carácter sagrado que adopta en la tradición judaico occidental, o tal vez por su relación insoslayable con el mundo del arte y la literatura, se nos presenta como una actividad sublime y noble. Escribir parece ser una actividad que depende exclusivamente del genio y de la inspiración y, paralelamente, que sólo puede juzgarse y valorarse desde la óptica del juicio estético.

Esta situación es la que hace que el escribir bien sea una de las tareas con las que se puede encontrar un estudiante.

Sucede a veces que las actividades más usuales, más rutinarias y más cotidianas son las que peor conocemos y más oscuras nos resultan. ¿Quién sabría, por ejemplo, reconocer cómo la simple visión de su interlocutor le despierta tranquilidad, simpatía o aversión? Y, sin embargo, es esta una sensación perfectamente habitual. Pues algo de ellos sucede con todo lo que rodea a la escritura. ¿Hay algo más corriente dentro de nuestra actividad intelectual diaria y del nuevo sistema de enseñanza que el redactar? Y, no obstante, ¿ hay actividad más mitificada, más huidiza a la comprensión y, por tanto, más impermeable a una visión técnica? Las situaciones no son las mismas en, digamos Europa, USA, Latinoamérica, así África —tan poco estudiada— el Medio o Lejano Oriente, y las casi desconocidas costumbres del Caribe y los mares del Sur. Australia se incorpora rápidamente. Aunque las situaciones pueden ser muy semejantes, el problema de base —la dificultad de escribir— es el mismo.

En los últimos años, se ha desarrollado un encendido debate sobre la conveniencia de mantener el ejercicio de redacción como principal forma de evaluación y de enseñanza en las carreras de Humanidades, tanto en lo que hace a la madurez del pensamiento como a la capacidad de “escribir bien”. El utilizar una expresión como Escribir bien ya expresa una situación embarazosa. De modo elemental, esta expresión puede ser interpretada como la capacidad de realizar bien el acto físico de escribir, es decir, tener una buena caligrafía. Sólo en algunos casos muy específicos, en ciertos ambientes de crítica literaria se dice “escritura” entendiendo “estilo”, pero difícilmente se hablaría de una buena escritura refiriéndose a un tratado de astronomía. Aquí vamos a entender el escribir bien como una actividad que consista en encontrar y ordenar las ideas para después exponerlas por escrito de manera adecuada. La manera adecuada cambia si de lo que se trata es escribir una novela o ilustrar una ley física. Saber escribir no sólo significa saber escribir “como artista”; también significa saber decir, por escrito, aquello que se debe o se quiere decir, incluso si se quiere sintetizar una noticia para un periódico, o de redactar una carta de amor muy personal.

Cuando se trata de una forma de escribir que llamaremos literaria, o sea un poema, una novela, se habla de escritura creativa para distinguirla del caso más general, ES DECIR, LA ESCRITURA PARA EXPONER LAS PROPIAS IDEAS. La forma más completa de escribir es la redacción. Escribir quiere DECIR COMPONER UN TEXTO , PRESTANDO ATENCION tanto a la forma como al contenido. El debate A FAVOR O EN CONTRA DE LA REDACCION ESTA VICIADO DE ORIGEN POR LA FALTA DE UNA DEFINICION PRECISA DE LA PALABRA. Bajo esta etiqueta se pueden encontrar escritos de muy distinta naturaleza; por ejemplo, redacciones en las que prevalecen aspectos descriptivos, narrativos o argumentales. Si se aprende, sin embargo, a escribir bien un resumen o una narración, cosas indispensables en la vida llamémosle profesional, es posible aprender a componer trabajos más complejos.

Pero, pese a todo lo antes dicho, persisten premisas arcaicas en el acto de escribir entre los del oficio aplicando tres cuestiones válidas para otro tipo de labor. Se empecinan en que un texto debe tener: rigor, disciplina y método. Muchos textos de los grandes maestros carecen del rigor como estas personas lo comprenden. La disciplina. Quién puede ser capaz de fatalizar esta palabra. Lo que para unos es disciplina, para otros no lo es tanto. Es decir, hay quien escribe a cualquier hora y en cualquier lugar. Y SON DISCIPLINADOS. Esa es su manera de serlo. Y no hablemos de método. Un método puede ser escribir al revés —como Da Vinci—, de pie, sin seguir precisamente la metodología académica. Pues entonces, ese será su método.

El arte, cualquier arte, está sujeto a ciertas reglas que es delicioso romper, no como sistema, sino como recurso. Entonces, como el titulo de este texto dice, el lenguaje sigue siendo uno de los más grandes misterios del ser humano. Como dijera de manera tan simple Montemayor para ilustrar lo anterior. Se preguntaba quién fue el primero que dijo que una mesa se llamara mesa. O un árbol árbol. Gran misterio y enorme delicia, y nosotros tenemos la fortuna de hablar uno de los más hermosos lenguajes del mundo, el que nos trajeron los bandidos, forajidos y presos —juar juar— que atravesaron miles de kilómetros de mar y tierra agreste y nos dejaron como herencia el castellano.

Por esto!, viernes, 11 de septiembre de 2009.

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