domingo, 27 de septiembre de 2009

Circunstancia y tiempo para los recuerdos de ayer



Por Jorge Luis Canché Escamilla

Serían cerca de las diez de la noche, la lluvia caí con poca intensidad a esa hora, desde la tarde poco antes de anochecer empezó a dejarse sentir sobre la ciudad su presencia. A pesar de encontrarse en el interior de la casa Calixto podía percibir esa caída única que deja el llovizno continuo sobre el techo de las casas, el piso del jardín y las calles del fraccionamiento en el cual vivía desde hace cerca de treinta años. Escuchar el aire silbar e imaginarse de inmediato la frescura que da la brisa cuando acaricia el rostro de la gente, y que infinidad de veces ha sentido, le produjo un ligero escalofrío de placer.

¿Cuántas veces la ha disfrutado en estos seis lustros de vida? No supo contestarse, lo único que sabía era que las inclemencias del tiempo por estos meses, en tanto duraban, supo hacer de ellas sus aliadas para divertirse y completar sus alegrías, aún en estos momentos. Estos recuerdos de Calixto si bien iban con el instante que estaba viviendo, sus pensamientos estaban centrados en una pequeña pepita ovoide –hueso dirían algunos- que acariciaba pasando los dedos en sus ranuras, y que luego tomándola entre sus dedos índice y pulgar la observaba por cada una de sus partes. La situaba al frente de la lámpara de la recamara, podía ver a trasluz sus sombra proyectada en la pared, le resultaba increíble el sabor que puede trasmitir al paladar para el deleite de quién lo consuma, en este caso en Calixto mismo. La sedosidad de la cascara contrastaba con el la pulpa que es un tanto gruesa aunque rica, pensaba nuestro personaje. Se trataba de un durazno, que acababa de engullirse para saciar su hambre y no comer nada pesado por la hora que era. Aunque dicha fruta no es del patio –propio de Yucatán-, había sido adquirido porque éste ya estaba en venta y a buen precio. El ambiente de la lluvia y la fruta le hicieron trasladarse a principio de los setentas en aquella inolvidable excursión que lo llevo a la ciudad de México en compañía de sus mejores amigos de la preparatoria y de la Colonia Sambulá – está aventura requiere ser contada algún día en su totalidad- pensó Calixto para sus adentros. Por aquel entonces estaba bien delimitada la época de las frutas nuestras que se dan en nuestro ambiente geográfico –la ciruela, el tamarindo, el nance, el zaramullo, la anona, el zapote, el caimito, la naranja, la mandarina y otras muchas más-. Por lo tanto frutas del altiplano solo se veían en tiempos de otoño-invierno y algunas otras, como el durazno que no era de consumo generalizado y solo de veía expuesto en algunos lugares, particularmente en los puestos informales que se establecían en las escarpas –aceras- del centro de la ciudad. Los duraznos, las manzanas y las peras, por cierto, estaban debajo de un papel llamado seda en color morado que atraía de inmediato la pupila. Con ellas se anunciaba la cercanía de las fiestas decembrinas, era el referente. Estas las comeríamos principalmente en Nochebuena y Fin de año, en ningún otro momento – se dijo para sí, Calixto-. Por aquellos tiempos, la verdad el durazno no estaba en las preferencias ni en el presupuesto de las familias de la colonia Sambulá, es por ello, que nunca lo había probado nuestro personaje. El convivir y departir con las diversas familias del barrio, daba lugar a esa afirmación que realizaba mentalmente. Es más – aseveraba-, ni mi abuelo Mana que tuvo u n puesto en el mercado de Halachó y vendía fruta de la época, tenía en venta duraznos. ¿O sí?, -se preguntó asimismo. –Definitivamente no, respondió de inmediato, porqué lo hubiera probado antes de hacerlo en la Ciudad de México en aquella excursión realizada al concluir la preparatoria a principios de los setentas, tal como había mencionado con anterioridad.

Calixto reamente tenía muy presente ese momento, se encontraban en el mercado de “La Merced” el cual le pareció enorme; al andar por los pasillos, se encontraron con una frutería de lo más grande, justo allí se encontraban en exhibición unos preciosos duraznos – enterándose que también se les llamaba melocotones- con sus colores naranja-rojizos. En compañía de sus amigos Mario y Melchor adquirieron la fruta, una para cada uno suficiente para acallar el hambre, había que administrar bien el escaso capital conque contaban. Hacía tan solo unas horas que habían llegado a la capital del país, para Calixto era su primera visita. Fue cuando la semilla del fruto mencionado le llamo la atención su forma ovoide, las ranuras trazadas con la precisión de un experto y de ahí la intención de hacer de ella una artesanía.




Después de haberla consumido recordaba muy bien, que la pepita la guardo con la intención de incrustarle algunas piedras de fantasía, tal como se hacía por aquellos tiempos a la semilla de marañon –fruta de lo más refrescante traída del estado de Campeche-; pasarle un cordón negro para después usarla como una soguilla. No sin antes cuestionar la dureza del hueso ante la blandura del marañón. Por aquellos tiempos de los hippies, más de un puesto de artesanos los tenía en venta, para uso de nosotros los jóvenes en el diario ajuar –se dijo en sus recuerdos-. Finalmente Calixto no logro realizar este interés, ya que perdió la simiente durante el viaje, el cual tuvo una duración de poco más de quince días por distintas entidades del país. -¡Que tal! - Se dijo de nuevo, viaje inolvidable en compañía de amigos y compañeros recién salidos de la preparatoria y en el camión de la Universidad de Yucatán, hoy Autónoma (*). ¡Cuantos apuros para realizarlo! ¡Más cuantas satisfacciones obtenidas al recordarlas el día de hoy! Todo derivado de una tarde- noche de lluvia y truenos alrededor de una pepita de durazno, una tenue lámpara y la soledad que ofrece una cálida habitación. Circunstancia y tiempo para revivir. ¡Bendita lluvia!, ¿no cree?

Mérida Yuc. Méx, A 30 de agosto de 2009

(*) El 30 de agosto de 1984 fue decretada la Autonomía a la Universidad de Yucatán por el Poder Legislativo a propuesta del poder Ejecutivo, siendo gobernador del estado de Yucatán Don Víctor Cervera Pacheco, publicado el 31 del mismo mes en el Diario Oficial e iniciando su aplicación el 1 de septiembre del mismo año, hace 25 años.

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