martes, 15 de septiembre de 2009

Ausencia

Por José Díaz Cervera

A veces me entra un poco de nostalgia, y regreso a aquel departamento pequeño de San Andrés Tetepilco donde viví parte de mi infancia. La mesa pegada a la pared. Un sofá-cama, la televisión, un tocadiscos portátil, los ojos y los olores. Al pasar el tiempo, entro en una dimensión extraña que me hace recordar algunas cosas e imaginar otras.

En la esquina que hacían las calles de Alfajayucan y Zacahitzco, “El Ojón” y “El Acerina” inhalaban cemento, y los niños los mirábamos con una mezcla de miedo y lástima. En la contra esquina, “El Toro”, un viejo cabrón, vendía cerveza y tacos de perro en su tiendita, y después madreaba a los borrachitos que no le querían pagar.




Así se fue forjando mi memoria. Así quisieron enseñarme que la vida está hecha de dos tipos de seres humanos: los que son ojetes y los que son pendejos. Mas el milagro acontecía, a veces en forma de mirada o a veces construido de palabras luminosas.

“Chíngate a los de sexto”, me dijo mi maestro de quinto grado cuando llegué a la final del concurso de oratoria, y así aprendí que las palabras son un arma de dos filos: yo debía ser sutil en la prueba final, pero la energía para ganar venía de otro lado: “chíngatelos” sin más, fue la instrucción exacta.

Y así tuvo que ser. Éramos una comunidad de yucatecos que aprendió a sobrevivir en un ambiente extraño y hasta hostil, que no entendía por qué nos bañábamos diario, por qué usábamos talco, por qué a nuestros jóvenes les gustaba más la música de “Los Aragón” que las baladas de “Union Gap” o cómo es que hablábamos con un fraseo extraño con el que, más que un discurso, construíamos una canción extraña.

Así construimos una vida en la Ciudad de México varias familias vallisoletanas que, a finales de los cincuenta y durante los años sesenta, arribamos a la capital del país, a veces sólo con un par de mudas de ropa y muchos sueños. A algunos se los tragó la ciudad, a otros la desesperanza y a otros más el alcoholismo y el oropel. Muchos volvieron tan pobres como se fueron; otros hicimos una vida por allá, en medio de una gran nostalgia.

Siempre buscándonos, tratábamos de vivir a veces en el mismo edificio de departamentos o en la misma calle, o, por lo menos, en la misma colonia. Así, la calle de Alfajayucan, en San Andrés Tetepilco, era conocida como la calle de los yucas, pues ahí nos habíamos avecindado por lo menos una docena de familias.

La que me resulta extraña es la nostalgia con que ese tiempo regresa a mi memoria, pues fue una época violenta donde me tocó ver varias peleas entre pandilleros y donde tuve que aprender a caminar como entre un bosque lleno de amenazas. Uno debía aprender a golpear y a salir corriendo, como lo hacían los demás, y a estar preparado para lo que viniese. (Todavía sueño con aquel hueso de res que le incrusté en el pecho a uno de los tres chamacos que me atacaron al doblar la esquina).

En Alfajayucan todavía quedan algunos hijos y nietos de aquellos hombres y mujeres yucatecos que llegaron a México hace cincuenta años. Muchos de ellos no conocen sus raíces; se hicieron a ese mundo, se casaron con muchachas del barrio.

Antes de que yo cumpliera los diez años de edad, mi papá compró una casa en Churubusco, donde vivían otras familias vallisoletanas. Entonces nos mudamos y la vida recomenzó, haciendo una escala hermosa que cristalizó nuestros regresos.

diacervera@gmail.com



Por esto!, lunes 14 de septiembre de 2009.

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