martes, 4 de agosto de 2009

La vida como sendero cantado

Por José Castillo Baeza


Para mi papá


Atraviesa el escenario un joven de cabello largo y se sienta frente al piano de cola. Segundos después aparece un hombre de edad avanzada, caminando con cierta dificultad. Las canas en el cabello resaltan con el haz que le sigue los pasos. El muchacho, de tan sólo 21 años, recién egresado del Conservatorio de Querétaro, comienza a acariciar el piano y la música invade las paredes del Teatro Mérida.




Puede verse cómo el pecho del hombre parece reventar antes de exhalar las primeras tonadas; la camisa amarilla, medio escondida detrás del impecable traje negro, parece guardar todos los años que Alberto Cortez rememora en sus canciones.

El nacido en una provincia de La Pampa en marzo de 1940, inicia el concierto ante un público que, poco a poco —canción a canción— fue sacudiéndole al cantautor los años que lleva encima. Y no era para menos, pues aquellas piezas que cantan a la vida, al amor de pareja, a los detalles y a las cosas simples comenzaron a transfigurarse en los interiores del teatro. Después de la tercera canción, Cortez comenzó a entablar diálogo con el público, se presentó y comenzó el repertorio que combina palabra hablada con canción, retomando ese hálito de la tradición gauchesca que se encuentra presente en casi toda su obra, al igual que en las canciones de su coterráneo y amigo Facundo Cabral. Ambos artistas se asumen como contadores de historias, narradores líricos que, a través de la música, tejen ese misterioso hilo que une la realidad con la palabra.

“El teatro será un confesionario”, sentenció. Y mientras el piano no dejaba de sonar, Alberto Cortez (ya sin el saco) fue contando anécdotas, explicando el origen de algunas canciones y recordando momentos. Podía verse, a través de sus palabras, esa noción de percibir la vida como un camino lineal (y cíclica), donde uno cae y se levanta, aprende, olvida, se enamora, se cae en vicios, se incrementan las virtudes… y los hijos tomando, de nueva cuenta, ese camino donde lo que tiene mayor importancia es la balanza de las decisiones individuales ante la adversidad que presenta el mundo social.

Al ser partícipe del aprendizaje vital, de esa educación del espíritu que muchas veces nos olvidamos de cultivar, Alberto Cortez se convirtió en portavoz de Atahualpa Yupanqui, de Antonio Machado, de Góngora, de Neruda y de nuestra condición de latinoamericanos inmersos en un mundo de injusticia y despilfarro. El vínculo que el pampero ha tenido con la poesía ha sido de gran relevancia, pues hay quien dice que los poemas de Machado musicalizados por él (“Las Moscas” y “Retrato”) inspiraron a Joan Manuel Serrat para presentar el famoso trabajo discográfico dedicado al poeta sevillano. Por otro lado, en al ámbito popular, las canciones de su autoría han tenido una repercusión grande, al grado de que en 1971, el gobierno mexicano adoptó la conocida y multi-interpretada canción “Mi árbol y yo” para una campaña de reforestación.

En 1996, mientras Alberto Cortez veraneaba en Mar del Plata, el compositor sufrió un infarto cerebral que no le permitió volver a cantar acompañado de su guitarra. Aún así, el ímpetu va borrando la dificultad que tiene para moverse en el escenario. La voz cansada no merma esa celebración vital por la que siempre ha abogado. Y mientras el concierto va llegando a su fin, las paredes del Teatro Mérida susurran al oído un camino que se quiere cantado.



Por esto!, lunes 3 de julio de 2009.

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