martes, 18 de agosto de 2009

Embaucadores al acecho



Jorge Cortés Ancona


En estos tiempos cuando la información es más fluida y se ofrecen más opciones que nunca antes para enterarse de lo que ocurre día a día, es increíble la persistencia de los viejos trucos callejeros para sacar dinero a los incautos.


El prestidigitador, por El Bosco




Últimamente, ha habido víctimas del famoso “cambio de cheque imposible”, donde un palero, delante de la inminente víctima, deja en prenda su dinero y objetos de valor al solicitante para que a su exitoso regreso éste le devuelva con amabilidad sus pertenencias y lo recompense generosamente. Se encargará entonces a la víctima otro favorcito similar, y una vez que entrega todo lo que lleva de valor y se dirige al banco a hacer una diligencia inútil, no volverá a saber ni de sus valiosas pertenencias ni de los embaucadores.

Desde niño escuchaba yo estas historias, que eran muy comunes. A lo largo de cerca de cuatro décadas, no he dejado de escuchar o de leer acerca de casos semejantes. Uno de los que me causaron tristeza cuando era adolescente, fue el de dos muchachas que además de haber perdido sus valiosas alhajas y relojes tuvieron que sufrir los severos castigos familiares (“Qué santa limpia les dieron durante tres días, ¡pobrecitas!”, me decía apenada la pareja de ancianos que me contó la historia). Quizá por ser algo tan frecuente en Yucatán, este tipo de engaños me sirvió de tema, entremezclado con otras historias, para escribir un cuento.

Otro de los engaños frecuentes, desde mi infancia, es el del “paquetazo”, por el cual las víctimas de la avaricia acceden activa o pasivamente a abrir sus bolsos o carteras para recibir un fajo de presuntos billetes y, sin darse cuenta, perder en un segundo el dinero propio, este sí de verdad. Esta maña era muy común en la ciudad de México, donde se hacía víctima a ancianos y a fuereños, y con el tiempo se ha vuelto usual en Mérida. Uno de tantos casos que recuerdo, quizá el que me entristece más, es el de algún trabajador anciano que de esta manera perdió sus ahorros de veinte años, atraído no sólo por la ambición de más dinero sino también por los encantos de su embaucadora.

¿Cómo es posible que a pesar de tantos miles de casos, mucha gente no se entere de estos modos de engaño? Me niego a aceptar la aseveración de uno de los dos italianos que andaban —y quizá sigan andando— en una camioneta ofreciendo ropa de marca Armani o Versace y aparatos electrónicos apantallantes, todo lo cual no era más que pacotilla: “los yucatecos son muy pendejos y les gusta que los engañen”. El muy cínico alegaba, además, que por ello no estaba cometiendo ningún delito.

Toda una fauna humana se mantiene embaucando gente por las calles de Mérida. Hay por ahí un par de individuos que todo el tiempo están necesitando regresar a su ciudad de origen, pero —¡ay infelices!— cuentan que sufrieron el robo de su billetera, que tienen problemas de salud, que llevan todo un día sin comer y que se ven obligados a pedir una ayuda para pagarse el autobús y “echarse un taco”. Llevan años en nuestra ciudad y con el dinero que han obtenido podrían darle la vuelta al mundo quién sabe cuántas veces. Pero quieren mucho a Mérida y aquí siguen zarandeándose por nuestras calles.

Uno de ellos es un hombre alto, de bigote y ya no tan delgado, al menos en la más reciente vez que lo vi. El otro es un viejo ex actor, al que supongo que los achaques ya no le permiten circular tanto por el congestionado centro meridano, aunque no descarto que haya cambiado su lugar de acción a las colonias.

Al haber tanta gente, demasiadas operaciones bancarias y tantos pagos por hacer, siempre habrá alguien que cargue buena lana. Las potenciales víctimas han de vivir en la Luna y por ello han de irradiar su condición de ingenuidad, como parte de un perfil psicológico eficazmente captado por los experimentados depredadores que andan camuflados en todos los espacios concurridos de nuestras ciudades.



Por esto!, lunes 17 de agosto de 2009.

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