miércoles, 19 de agosto de 2009

De vecinos y amigos

Por Conrado Roche

En las grandes ciudades, el concepto de vecino se perdió hace ya muchos años. En una ciudad enorme, en la cual habitan en el mismo edificio numerosas personas que se ven todos los días nadie conoce a nadie, ni siquiera son de uso moderno las más elementales reglas de educación. Vamos, ni el saludo, ya no digamos un buenos días. Cada quien jala por su lado en un alarmante desinterés hacia sus semejantes, claro signo de descomposición social en el microcosmos actual.



No sé qué será peor, eso, o el vecino de una ciudad como Merida. Hablo de barrios, rumbos donde todavía es posible vivir, ya que quienes viven en lugares suburbanos, colonias, fraccionamientos y demás, están a punto de entrar a lo dicho en el primer párrafo. Se saludan casi a la fuerza cuando no les queda de otra, pero no saben absolutamente nada de sus vecinos. Todos encerrados en sus casas o departamentos, con los niños —si son casados— pegados a la tele todo el santo día.

Pregunto qué será más viable para la convivencia, ya que en los barrios aún existe el conocimiento, aquí si exagerado, de la vida y milagros de cada quien. Las señoras están más pendientes de la hora y estado en que llegó el vecino que del cuidado de su propia casa. Les encanta fisgonear en la vida ajena.

El más leve indicio de algo ligeramente fuera de lo rutinario, es motivo de que los postigos se entreabran tratando de averiguar el motivo. Si alguien ofrece una fiestecita, al día siguiente el rumor de que en casa de fulano/a se celebró una bacanal digna de Tiberio. Si el habitante es varón y escuchan voces o voz de mujer, ya está escrito que metió a su casa a mujeres de la vida galante. Arman toda clase de ruidos, como casuales para sacar de onda a quienes disfrutan en ese momento de los efluvios de Eros. Toses, aporreadas de puerta, silbidos y los y las más chivas lanzan el yucatequisimo ¡Shoo¡Y si la dama es de las muy expresivas fónicamente, levantarán el grito al cielo o, en casos excepcionales, llamarán a la chota. Los solitarios se ven obligados a mirar sus películas porno sin volumen, lo que le quita la mitad del agasajo al film, ya que son también, quizás, los más acosados por algún vecino “pedo” y envidioso.

Las tiendas de la esquina, que son templos del chisme y la calumnia —casi a la altura de cualquier oficina— son sacudidas por las chillonas voces de la envidia. Si sale, porque sale. Si no sale, ¿ya te fijaste en el vecino de tal casa, casi nunca sale, ¿no será que está metido en algo chueco?

Y los amigos. Existen tan pocos verdaderos. Platicaré de un caso muy ilustrativo, bueno, dos. Sucede que dos personas que se conocían de años, y llevaban una buena amistad, se distanciaron para siempre por el siguiente y surrelista hecho. Un día, sin mediar motivo alguno, el buenaonda escribió un libelo en donde ponía a su amigo como camote. Palabras lacerantes, perversas utilizó para referirse a su amigo de adolescencia. Sacó copias, cientos de ellas, y pagó a un par de mamarrachos para que las repartieran a los transeúntes en céntrica calle. Los transeúntes, a quienes importaba un carajo, ni sabían a quién se refería, hicieron lo que todos hacemos cuando nos dan un volante en la calle, esto es, lo hicieron Duch y lo tiraron al suelo. El aludido, ni por enterado. Pero no quedó conforme el buena onda y lo acusó de robo de copas de................... lladro checoslovaco. Entonces sí, el otro se defendió a su manera. Buenaonda quedo tan dolido que le pago a conocido madreador una lanota para que golpease y amenace a su anonadado enemigo. Resulta que el checa era su amigo y no efectuó su trabajo -ojalá lo hubiera hecho- diciéndole que por favor cuente que le dio una buena golpiza. Hasta hoy, el agredido no conoce los motivos de esos ataques de histeria y mal de San Vito, que de cuando en cuando continúan vía compra de amigos para aislarlo, cartas que el enviado no entregó por la bajeza de la misma.

Y otro caso. Un fulano, siempre que veía a otro sujeto, lo abrazaba y le decía que era su admirador, que era a toda madre, eres mi cuate. Un día se mamó, vio a su héroe y se le fue encima —era karateca— al grito de ¡”Siempre te he traído ganas, me caes de la puta madre!”. Hoy, enfermo de algo grave, deambula su antes plantada figura, de 30 kilos, por el centro. ¿Así somos los paisanos? ¿O será que en todo el mundo existe esto?


Por esto!, martes 18 de agosto de 2009.

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