miércoles, 5 de agosto de 2009

De policías, hampones y un novelista


Por Manuel J. Tejada Loría

En la eterna búsqueda de legitimización algunos escritores recurren a diversas artimañas. Ya sea que concreten vínculos con el poder o se muevan en el mundo de las apariencias, estos escritores rutilantes logran muchas veces el anhelado reconocimiento más por su marketing personal que por la escritura misma. Otros, en cambio, transitan con un bajo perfil, lejos de adulaciones, aplausos y reflectores. En otras palabras, su única tarjeta de presentación es la escritura. Tal es el caso de Miguel II Hernández Madero, narrador vallisoletano nacido en 1963 y radicado en Mérida, según datos encontrados en el Diccionario de escritores de Yucatán de Roldán Peniche Barrera y Gaspar Gómez Chacón.

Periodista de profesión, Hernández Madero ha publicado la plaquette de cuentos Todas las tardes de seis a ocho. Crónicas del atardecer (1999) y la novela corta Tres de Diana (2001).

De los múltiples reconocimientos que ha obtenido destacan el Premio Estatal de Novela Justo Sierra O’Reilly por Guerreros sagrados en el 2001 y el Premio Nacional de Novela Juan Rulfo al siguiente año por Nemesio. Resulta extraño que ninguna de sus dos novelas galardonadas se haya publicado. De las que sí están impresas tuvimos la oportunidad de leer Tres de Diana, editada en Mérida, Yucatán, con el patrocinio del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC).

Tres de diana es una novela corta sobre sucesos policíacos ocurridos en Mérida, Yucatán, en los últimos 50 años del siglo XX. De manera inteligente, el narrador nos ubica en el funeral de un cadete de policía, quien, en el cumplimiento de su deber y de manera heroica, muere quemado.



Generaciones de policías, por lo mismo, se dan cita en el velorio, lo que representa una oportunidad perfecta para que las anécdotas fluyan, así como variedad de relatos que por su naturaleza causaron revuelo en el pasado. Tal es el caso de la casa embrujada en la colonia Jesús Carranza, o de un intento de fuga en el ex penal, que a final de cuentas resultó un homicidio.

Las anécdotas y experiencias propias, al ser contadas tanto por policías jóvenes como por oficiales con más trayectoria, permiten vislumbrar la ciudad en sus diferentes momentos históricos. A la par de estos relatos policíacos se va develando la historia del joven policía muerto, la cual concluye de manera inesperada en el último capítulo.

Contada al puro estilo de la crónica periodística, esta novela corta adquiere valores históricos en la medida que presenta hechos reales y documentados. Su lectura nos remite a esas notas de sucesos policíacos que alguna vez ocuparon los titulares de los periódicos, como es el caso del individuo que mató a un jardinero para fingir su muerte y cobrar un cuantioso seguro de vida. (Tal vez se le recuerde como el encajuelado que apareció en la calle 73).

En este relato específico, Hernández Madero hace gala de su oficio periodístico al armar una versión sólida del caso. Como novelista, incluso, se permite recrear los hechos que no pudieron ser comprobados, presentando de esta forma su verdad literaria. De ahí el valor de esta novela corta: crear un puente entre la ficción y nuestra realidad inmediata, por donde el lector transita libremente.

Lejos del sensacionalismo de la nota roja, el novelista logra una prosa limpia y de excelentes imágenes. Si bien por momentos es evidente su prosa periodística (demasiada síntesis en algunos capítulos), los recursos utilizados para amalgamar los capítulos son consecuentes.

Ojalá Miguel II Hernández Madero encuentre los apoyos necesarios para la publicación de sus novelas premiadas, ya que sería una excelente oportunidad para seguirlo de cerca en lo único que en literatura realmente importa: el texto.





Por esto!, martes, 4 de agosto de 2009.

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