sábado, 1 de agosto de 2009

Cuidado con el celular


Por Manuel J. Tejada Loría

Cuando Graham Bell inventó el primer aparato de telecomunicación quizá no imaginó hasta dónde llegaría. Lo que comenzó como un intento por renovar el telégrafo culminó con un sofisticado sistema de comunicación que ahora no necesita de cables y operadores.




Los teléfonos personales o celulares no sólo lograron el objetivo de comunicar a la gente sino que se convirtieron en moda y su utilización se extendió de manera vertiginosa.

Según información del Universal, mientras que en 1990 sólo había 64 usuarios de celular en nuestro país, para el 2007 ya había más de 60 millones de personas haciendo llamadas y mandando mensajes de texto.

No obstante, la comunicación pasó a un segundo plano, pues la empresas de telefonía aprovecharon el momento para ofrecer una amplia variedad de equipos telefónicos capaces de tomar fotografías, grabar videos, reproducir música, ver tele, navegar en internet, e incluso realizar pagos como si fuera un monedero electrónico. En un abrir y cerrar de ojos, lo que en un primer momento fue sinónimo de prestigio se convirtió en algo popular, e incluso hubo la creencia de que tener un celular era ya una necesidad básica.

Hoy día, la misma dinámica de algunos trabajos, exige estar en constante comunicación y prácticamente mucha gente tiene al menos un celular. Lo cierto es que a la par de este adelanto tecnológico, la sociedad —como anteriormente hemos dicho— se mantiene un paso atrás al no saber incorporarlo de manera adecuada a su vida diaria. Entonces, lo que se supone fue creado para un beneficio se ha vuelto, en ocasiones, un verdadero problema.

El ejemplo más próximo puede verse en los eventos culturales. La parte medular de alguna charla, conferencia, discurso, etc., de pronto se ve interrumpido por el timbre de algún teléfono. La amplia gama de timbres o ringtones existentes (algunos de verdad causan mucha risa) no sólo interrumpen sino que desconcentran tanto al orador como al público en general.

Como si el timbre no bastara, algunas personas contestan la llamada sin bajar la voz o salirse de la sala, incomodando a más de un asistente. Algunos se atreven a reprochar tal actitud, otros prefieren callar y unos cuantos de plano optan por retirarse pues pierden la paciencia.

A veces uno se olvida de silenciar el teléfono antes de entrar a estos eventos, pero pareciera que hay gente que lo hace con saña. En el cine, por ejemplo, siempre antes de cada función se exhorta a apagar los celulares, sin embargo, siempre suena más de un teléfono y uno que otro responde a gritos.

En el teatro debieran fijar carteles y exhortar del mismo modo, no a apagar el teléfono pero sí a silenciarlo o a dejarlo en vibrador, según la conveniencia. Después de todo, se hizo para lograr una mejor comunicación. Y pese a que los teléfonos ahora sirven para tantas cosas, tampoco hay que ser pesimistas.

El mismo periodismo se ha visto favorecido por esta tecnología. Muchos ciudadanos, gracias a que tienen a la mano una cámara fotográfica o de video incorporada a los celulares, pueden registrar hechos que de otra manera no hubiera podido ser posible.

De cualquier modo, no deja de resultar extraño cómo el hombre se inventa necesidades caras. Hoy es difícil que alguien que lleva años utilizando el celular deje de hacerlo. Por eso sería interesante hacer un experimento y apagar el teléfono por una semana. Algunos preferirán perder muchas cosas pero no la posibilidad de escuchar el ring ring que les da sentido a sus vidas.







Por esto!, viernes 31 de julio de 2009.

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