miércoles, 19 de agosto de 2009

Atropellar la vida y la familia

Por José Díaz Cervera

Huatusco es una población serrana en la zona de Zongolica, en Veracruz. Sus calles angostas son una delicia para el visitante, que encuentra en el aire fresco (aromado por el café tostado) y el paisaje dos motivos para el regocijo.

En Huatusco, uno de los defensores de la vida y la familia, el Obispo de Córdoba, mató a Reynalda Colorado Velázquez, vendedora de verduras, quien, a sus 75 años, buscaba todos los días el sustento que le permitiera sostener a cuatro nietos y una hija enferma.

Lo que pudiera verse simplemente como un percance desafortunado, tiene otras aristas de análisis que no pueden soslayarse.




Así, cuando el obispo Eduardo Patiño Leal transitaba a velocidad inmoderada —por decir lo menos—, por calles céntricas de la población citada (y a una hora —10:30 de la mañana— de alto flujo peatonal), perdió el control de su humilde y evangélica camioneta “Pathfinder” (un voto de pobreza de $260,000.00), y arrolló a seis personas entre las que se contaban dos niños y, como resultado final, cinco lesionados y la muerte de Reynalda.

El accidente referido debe contextualizarse de una manera puntual en el ámbito de las regresiones históricas que, como reivindicaciones de la ultraderecha, van socavando frontalmente los valores del Estado laico que, en México, se construyó con la muerte y la sangre de muchos hombres que vieron con claridad la importancia de separar la religión del Estado de Derecho, sobre todo para defender el principio básico de la igualdad jurídica entre todos los habitantes de una nación.

De esta manera, en el último cuarto del siglo XIX quedó abolido el fuero religioso y, por tanto, cualquier autoridad eclesiástica debe, desde entonces, someterse a la legislación civil. Esto, sin embargo, parece letra muerta en el caso de los curas pederastas, y el asunto se confirma con el asesinato culposo (¿o imprudencial?) de Reynalda Colorado, por parte del obispo Patiño, quien, pretextando haberse desmayado mientras conducía su vehículo, salió libre algunas horas después del percance fatal, luego de pagar una fianza de noventa mil pesos.

Más allá de lo inverosímil del asunto (nadie se desmaya hundiendo el pie en el acelerador hasta alcanzar la velocidad suficiente para tirar un poste y matar a una persona), la lección de moral es muy clara.

Francamente, no conozco peor argumento para defender la vida y la familia. ¿Cuánto de esos noventa mil pesos costó el poste derribado? ¿Cuánto la vida de doña Reynalda? ¿Por qué se ha emprendido una defensa tan oficiosa del clérigo? ¡Vaya con el derecho a la vida que todos debemos respetar cuando nos ponemos frente al volante de un vehículo! ¡Vaya con la defensa de los valores familiares! ¡Vaya con la doble moral!

Por un lado pedimos cárcel y criminalizamos a aquellas mujeres que, en el ejercicio de su libertad de decisión, interrumpen un proceso de concepción, y por otro pagamos con pesos y centavos una vida en acto.

Lo más lamentable del caso es que, en la defensa del homicida, la culpa se ha cargado hacia la víctima dado que ésta se dedicaba al ejercicio cuasi ilegal de la venta callejera de frutas y verduras. Esto, para algunos, hace de Reynalda, más que la víctima de una imprudencia, la causante de un accidente fatal.

Con todo, el análisis puede llevarse a un terreno más amplio, pues el desprecio por las leyes seculares y la búsqueda constante por parte de los sectores más conservadores del clero de que éstas se constituyan y apliquen con criterios religiosos, es una de las agresiones más graves a la tolerancia que, por lo demás, se erige como el gran valor de nuestros tiempos. La justicia de los hombres puesta frente a la justicia divina siempre será percibida como imperfecta y hasta inútil; el problema es que la justicia de Dios probablemente no esté al alcance de nuestro entendimiento ni de nuestra manera de vivir, sobre todo mientras haya algunos que se abroguen el derecho de ser voceros del llamado Todopoderoso.

Entre atropellos y atropellamientos, los epígonos de la doble moral muestran su poca nobleza, pasando por encima tanto de creyentes como de no creyentes (aunque los primeros no quieran, a veces, darse cuenta de ello).

diacervera@gmail.com



Por esto!, martes 18 de agosto de 2009.

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