miércoles, 22 de julio de 2009

Progresivo

Por Conrado Roche Reyes


Al cerrársele todas las puertas en su intento de conseguir trabajo, Dany, como tantos miles de compatriotas se vio en la necesidad de emigrar a los Estados Unidos. Le conocía de un tiempo atrás. Una buena persona. Joven y dentro de lo que cabe, alegre. Desde entonces vivía solo con su madre.

Con el gabacho encontró empleo casi de inmediato en un restaurante. Muy trabajador, durante años junto dólar sobre dólar con la esperanza común de toda la chicaniza de regresar. En la chamba aprendió a hablar perfectamente inglés. Su lugar de labor era de cierto caché, con clientela totalmente gringa. Incluso tuvo sus amoríos con algunas güeras. De complexión fuerte, ni un gramo de grasa en el cuerpo-gustaba de hacer ejercicios-, facciones agradables. Color de piel cobrizo.

Cuando lo juzgó necesario, retornó a la tierra nativa, es decir, Mérida. Busco chamba, misma que encontró pronto en el ramo hotelero gracias a su dominio del idioma. Fue recepcionista en cierto hotel del Paseo Montejo. Sus ahorros se evaporaron en un dos por tres con malos negocios. La crisis económica estaba aun peor que cuando se fue. Platicaba con él en el Parque Hidalgo o en el Café Express-desaparecido-. Parecía ser un muchacho de lo más normal. Tenia muchos conocidos, pero su único amigo fue el “Pajarito” Vidal, personaje que forma parte del paisaje urbano nuestro. Posee el don de la ubicuidad.

Al salir de su trabajo, daba su rol por el centro. Fue en una de aquellas charlas que noté que algo no andaba bien en él. Hablaba de cosas incomprensibles e inverosímiles. Había que seguirle la corriente. Un día, Vidal me dice que Dany se encontraba en la casa de la risa. No recuerdo qué fue lo que hizo, pero fue su mama quien lo metió.

Su estancia en el nosocomio fue corta. Conservó el trabajo, mas ya no como administrador, sino de bell boy. Gran aficionado a fumar hierba y ocasional bebedor-solo lo hacia con el “Pajarito”-, su enfermedad fue progresando. Cierta ocasión, se retentó y quemó todos sus dólares. Ahora vivía solo en una casa de su mamá por la 58, a espaldas de Montejo. Ella le tenía ya miedo a sus locuras cada vez más extrañas. Prueba de ello fue cuando me preguntó si yo miraba cosas que no existen, obviamente le respondí que no. Porque según él, del techo de su casa caía una enorme bola de fuego y se transformaba en el diablo. Esto lo tenía aterrorizado. Lo interesante del caso, es que se daba cuenta que aquello era una alucinación, terrible, pero no real. He aquí un caso para los psiquiatras. Fue descendiendo en la chamba, hasta que llegó el día que lo despidieron. También tenía momentos en que se encontraba perfectamente normal. Le gustaba la putañería. Varias ocasiones lo encontré con alguna mariposilla nocturna. Moralista no era. Digo lo anterior, porque no sé cómo consiguió trabajo, siempre en la administración, pero en un hotel de paso, por no decir tumbadero. Así que entre locura y lucidez, ahí la llevaba. Lo grave sucedió el día que intentó agredir a su mama. Ésta, con la santidad de quienes tienen el don de dar vida y perdonar hasta el peor de los delitos a su hijo, eso hizo. Nada pasó. Ni botellón comió. Pero regresemos a lo del hotelucho, estaba en el rumbo de San Juan. Uno tiene sus necesidades arqueológicas como hombre-que a últimas fechas se me ha acendrado peligrosamente- y me ligué a una loquita en una banca de la plaza. Estaba bastante guapa y jovencita-no me explico cómo me hizo caso-, eso sí, con una súper mini minifalda. La llevo entonces al mencionado hotel. Dany me saludó con cordialidad. Pero al mirar con quien estaba acompañado, montó en cólera negándome el servicio. Sorprendido le pregunte la razón, y escuche usted lo que me respondió bajo amenaza de llamar a la chota si no nos retirábamos. “Es que está muy corta la minifalda de esa chavita”. Por poco me voy de espaldas. La expresión What? se quedaría corta. Qué te pasa Dany, si te he visto hasta con las gordotas de licra por el Monte de Piedad. Ah, ¡pero ésas así son. Esta puede pasar por decente. Para no hacer más largo el cuento, me la llevé al “Fausán”, tomamos unas chevas, y nos metimos al hotel de al lado. Ya estaba el tipo listo para el siquisiriqui.

Entre comillas, “Fausán” es un tiro seguro. Me recuerda a cierta mujer, frondosa por delante y por detrás, que en plena sala de su casa, con su mamá al lado, se abría la blusa, se apretaba aquellas montañas y me decía con su voz de niña: “Mira esto Conrado”. ¿Recuerdas?.

La cuestión es que la enfermedad de Dany, según supe, progresaba día a día. Estaba delgadísimo, hueso y pellejo. Su mamá le rentó un departamento lo bastante alejado de ella… El drama, mejor dicho tragedia, sucedió cuando, supongo, no soportó sus propios demonios y se inmoló en honor a Ixtab. Por la prensa me enteré que el vecindario, intrigado por el hedor, tiró la puerta encontrando a Dany colgado de una argolla. Ningún mensaje, carta póstuma. Nada. De manera escueta la nota decía que el suicida padecía de los nervios, al parecer esquizofrenia. Brrrr!, hasta me erizó la piel.

Conrado Roche Reyes. Julio 2009




Por esto!, lunes, 20 de julio de 2009.

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