viernes, 17 de julio de 2009

Mujeres, libertad y sueños

Por Jorge Cortés Ancona


Entre otras muchas virtudes, Emilio Carballido ha sido un gran dramaturgo del tema feminista. Obras suyas, familiares en el ámbito yucateco, como “Orinoco” y “Rosa de dos aromas” lo demuestran. Ahora, con la pieza “Zorros chinos”, ratifica esa capacidad de introspección en el complejo mundo femenino, encuadrándola en un choque entre la dura realidad y los sueños de vivir un mundo lleno de sensaciones y sentimientos felices.

Esta particularidad tiene el agregado de tener como contexto el Michoacán del siglo XVIII y, en especial, el tema de la cuarta raíz de nuestro mestizaje, que es la proveniente del mundo oriental. Este México nuestro incorporó desde hace siglos numerosos elementos culturales originados al otro lado del Océano Pacífico, sobre todo en China. Esta combinación de ámbitos da lugar en esta obra teatral a la simbiosis de los mundos purépecha y chino, con su entorno imaginativo y animado en difícil relación con el recio y crudo realismo español.

A la vez, esta obra pone en interacción un intenso mundo onírico y los conflictos de la familia, el dinero y la opresión de la mujer. Choque de géneros, de culturas, de intereses y temperamentos personales.

La puesta en escena, bajo la dirección de Paco Marín, asimila esta complejidad para lograr un espectáculo variado en recursos escénicos, tanto de actuación, como de disciplinas artísticas y de imágenes, ya que se enfatiza una comunicativa expresión corporal y se otorga mucho sentido a los recursos de iluminación. Los actores hacen varios papeles a lo largo de la obra, mostrando la condición polivalente del actor actual, capaz de danzar y hacer acrobacias, y de expresarse con eficiencia a través de gestos y desplazamientos, además de la soltura en los parlamentos, trátese de medias palabras, introspecciones o diálogos con distinto grado de reciprocidad.

La obra se divide en cuadros, con cambios de escenario y paralelismo de tiempos, a la vez que de traslados constantes hacia los entornos real, onírico y maravilloso. Obra de drama y humor, en una puesta en escena arriesgada. Confieso que al principio de la obra me sentía destanteado como espectador, pues no sabía a dónde estaban conduciendo las escenas iniciales, que parecían inconexas, además de que los cambios extremos de luz y oscuridad contribuían a esa falta de asideros en la ilación argumental. Sin embargo, la obra se va aclarando hasta hacernos percibirla en su totalidad como una obra coherente y de argumento bien estructurado.

Los actores encarnan de manera convincente los distintos papeles. Socorro Loeza, como Yuriria, la protagonista, manifiesta una notable capacidad para registrar el sufrimiento y la alegría en tanto tiene que cumplir los distintos roles de madre, esposa, nuera, amiga y amada. Con adecuada proyección de voz, se esfuerza en cambiar su fuerte acento yucateco a fin de ofrecer uno más cercano al de la zona occidental de México, lo cual es muestra de esa voluntad de afirmar la conciencia de la otredad en tanto que actriz.

Laura Zubieta impone como la torva suegra hundida en la pesantez de la abulia, un papel que podría parecer fácil de interpretar pero que no lo es, y con esa condición inane correctamente representada termina por ser un personaje desesperante, al igual que el resto de la familia, con el machismo y la contradictoria reverencia a la madre como condiciones domésticas cotidianas.

Pablo Herrero aparece en uno de sus acostumbrados papeles de tipo farsesco (corre el riesgo de encasillarse en ese tipo de personaje) para desempeñarse cómodamente como Pascual, el mezquino mesonero gachupín. Miguel Ángel Canto hace el papel de un ex jesuita de nombre Fray Ignacio, transformado en fraile franciscano; personaje clave en la obra por ser el conocedor pleno de lo que está ocurriendo en el trasfondo mágico y con ello cumplir la función de némesis de Yuriria y de los zorros chinos. Canto se desempeña con habilidad en su doble condición cómica y malévola, pero tal vez por el hábito y la capucha demasiado holgados para lo que debieran ser, tiene algunos altibajos de voz, que restan fuerza a su personaje.

Oswaldo Ferrer, como el Príncipe Wu, y Hugo Quiñones, como su criado, cumplen cabalmente con su papel, al igual que Susan Tax (Uharari), Sebastián Liera (Nemario, marido de Yuriria), Ulisis Vargas (Domingo). Asimismo, los numerosos actores secundarios, en sus papeles de zorros, alebrijes, músicos y seres inanimados-animados, contribuyen a que esta puesta en escena plasme en hecho dramático toda la riqueza cultural, social y psicológica del texto base.

Hay varias escenas memorables, como aquella donde Yuriria es devorada simbólicamente por su familia; o aquellas en que logra el sueño de vivir la condición de persona respetada en su dignidad humana, dentro de un entorno feliz donde es servida y amada y escuchada, y todo ello a causa de la magia de estos zorros chinos.

Como espectáculo me resultó disfrutable, sobre todo por la interpretación actoral, la variedad de recursos escénicos y la integración multidisciplinaria (teatro, danza, acrobacia, música, video). Reconozco algún cabeceo por las casi dos horas de duración, pero entiendo que todo estreno tiene dificultad para alcanzar el ritmo debido, así que supongo que la obra será más rápida y fluida en futuras puestas en escena. (Fue un prejuicio que extraoficialmente se dijera que la obra constaba de un solo acto, cuando en realidad está organizada en varios cuadros continuos: la dramaturgia actual tiene otras maneras de estructurar el texto que no necesariamente son las acostumbradas en actos y escenas).

Como toda obra que rompe esquemas preconcebidos, “Zorros chinos” ha generado reacciones polarizadas entre muchos de los espectadores. Salvo algún caso con algunas reservas, la propuesta escénica gustó a todos los escritores a los que les he preguntado su opinión. Pero entre otros sectores del público las opiniones parecen poco favorables, ya sea por razones de gusto artístico (éste no es un teatro tradicional), de “pureza” teatral (había partes coreográficas y de video) e incluso de tipo moralista.

Una razón más, bastante poderosa, fue la de no entender el contexto. Esta obra flota sobre lo histórico (aunque hay referencias para anclar el tiempo como la de la expulsión de los jesuitas del ámbito hispánico) con el propósito de ir más allá, hacia una integración plena de hechos como el mestizaje cultural, la empatía con la mujer oprimida que busca su libertad, el enriquecimiento del entorno humano por la dinámica de insertar el sueño y la magia dentro de la realidad, y en suma, por el homenaje a la vida humana en busca de un mundo más allá de las ataduras colonialistas, las cárceles domésticas y las fronteras lacerantes.

Algunos espectadores ven sólo el hecho escénico técnicamente fuera de toda contextualización temática; para otros, la comunicación escénica más allá de la voz sale sobrando, por lo que preferirían un apego a los modos convencionales de hacer teatro. Ni con unos ni con otros, creo que la propuesta integradora de Paco Marín ha tenido un resultado positivo y que tiene mucho significado que el Festival de Teatro “Wilberto Cantón” 2009, organizado por el ICY, haya empezado con una obra ubicada en otra época y en otra región del país, creada por un autor no yucateco (pero muy apreciado por nuestra comunidad teatral) y que todo ello permita presenciar una obra cuya dimensión humana trasciende tiempos y espacios.




Por esto!, miércoles, 15 de julio de 2009.

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