viernes, 24 de julio de 2009

Esta no es una reseña


Por Manuel J. Tejada Loría


Todavía los blues
frecuentan la tristeza
Jorge Pech



Trato de recordar una novela que me haya ocasionado tal expectación pero ninguna viene a la maltrecha memoria. La lectura de Tokio blues. Norwegian Wood realmente me dejó perplejo, y recuerdo que cuando cerré la novela lo primero que pensé fue escribir algo sobre ella. Hasta mentalicé la línea con que empezaría el artículo: la tristeza es un hábito que a estas alturas ya no se puede esconder.

Esa noche no pude dormir. Las imágenes de la lectura se presentaban como sueños y más de una vez tuve que ir hasta la cocina y servirme un poco de agua. Sin poder conciliar el sueño traté de analizar lo que sucedía. Y es que en el fondo surgió una tristeza indescriptible, pero sobre todo, sin motivo aparente.




El libro seguía en el escritorio. Me entretuve observando fijamente cada detalle de la portada. El nombre de su autor, Haruki Murakami, resaltaba por sus letras blancas y no sé por qué, pero pensé que la chica de la ilustración era Naoko, uno de los personajes de la historia. Comprendí entonces, que la novela tenía que ser responsable de este insomnio visceral.

Hay tres temas que sobresalen en este libro: el suicidio, la pérdida y la voluntad. Tokio Blues... es la historia de Toru, un adolescente en plena transición a la madurez. Ese camino hacia el se ve enmarcado por el suicidio de su mejor amigo de 17 años, Kizuki. El joven llegó a su casa, conectó una manguera del mofle al interior de un vehículo, selló las ventanas, se encerró y aceleró hasta morir envenado por el dióxido de carbono.


Ningún lector podrá evitar identificarse con la situación narrada de haberse enfrentado a la muerte de un ser querido, por eso la novela produce esa estremecedora tristeza que en lo personal me mantuvo los días de su lectura –e incluso después– en una zozobra delirante.

Sucedió algo notable: en esta ocasión no quería que el libro se terminara. No es que hubiera desarrollado una adicción por la tristeza, sino que la fluidez con que Murakami cuenta la historia me obligó a seguir ahí, página por página, atestiguando la autopsia del dolor que Naoko sentía por la pérdida de su novio.

Naoko y el protagonista se vuelven amigos, quizá algo más que eso. Pero mientras él asume la vida y la adultez con serenidad (amor fati, diría Nietzsche), ella se pierde en la madeja de su pensamiento. Casi al final de la historia el autor nos deja saber por qué la joven no puede superar el pasado, lo que sin duda la hunde en una terrible aflicción.




Destaca, en contraparte, el crecimiento espiritual de Toru, evidente en uno de sus constantes monólogos y donde descansa la esencia de este blues literario. Dice el protagonista dirigiéndose a su amigo muerto: “hasta ahora había deseado permanecer eternamente en los 17 o 18 años.... Kizuki, ya no soy el que estaba contigo. He cumplido 20 años. Y debo pagar un precio por seguir viviendo”.

No obstante el valor de sus decisiones, y de encontrar incluso en medio del dolor las herramientas para seguir luchando, el destino –como en la realidad– no mostrará clemencia para Toru, y lo aprendido jamás será suficiente para cuando de nueva cuenta tenga que enfrentar la siguiente adversidad.

Este blues japonés todavía resuena en mi alma. Philip Roth y su novela Elegía tendrá que esperar unos días a que la ansiedad transite y tome la debida distancia. Por si fuera poco, cayó en mis manos un poemario de Jorge Pech titulado Roja edad que no pienso dejar de leer hasta que suceda lo primero: que me duerma o que me llame Miguel.




Por esto!, miércole, 22 de julio de 2009.

1 comentario:

Laura Elena dijo...

Me gusta tu comentario, comparto el encantamiento con el la historia, los personajes, la narración, pero lo que me sorprende es que junto al libro de Murakami, que estoy a punto de terminar (y que tampoco quiero terminar) está Elegía.

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