lunes, 13 de julio de 2009

El viaje.


Rock, aventuras y desventuras

Por Conrado Roche Reyes

Era de sloogans. Era de Acuario. Comenzaba un nuevo amanecer. Los Idus de Marzo pronosticaban el fin de la etapa de salvajismo entre los humanos. Piscis dejó una larga fila de cruces. “No confiaría jamás en alguien mayor de 30 años”. “Paz y amor”. Haz el amor, no la guerra”. “Déjalo ser”. “Todo es lo mismo”. “Todo está en la mente”. Sin embargo, personalmente tenía inquietudes de reivindicación social.

A pesar de aquella inicial hermandad, que pronto se esfumaría, miraba que las contradicciones del capitalismo se hacían cada vez más evidentes. En los conciertos tiraba spichs revolucionario que nadie tomaba en cuenta. Pese a todo llevaba, aparte de la música y la onda, ciertas actividades subversivas. En muy pequeña escala debo confesar. Mike Manzur no tenía ninguna intención política. Le valía. Ni tomaba en cuenta aquello. Era auténticamente apolítico. Llevaba tanto fuego interior, que todo lo que no fuese directamente ligado a la música, le era inclusive. En varias ocasiones, intenté involucrarlo sin éxito alguno. Incluso, yo tuve una época en que hice a un lado cosas que antes me apasionaban. Dejé de ir a los toros, al béisbol, al cine. El mundo giraba alrededor de la música y su contexto. Durante todas las noches, Mike me pasaba a ver a mi casa para dar el rol. Horas escuchando y hablando de música. En ocasiones pasábamos a buscar a Wilberth Góngora. Mike tenía el don del convencimiento. Ya por su status de mito, ya por su modo de ser, hacia que los más duros “conectes” hicieran lo que él quería.

Había uno entre la banda, bastante mayor que el resto y tenia cultivados a varios con sus ondas de vegetarianismo y yoga. Fue el primero que trajo LSD a Yucatán, éste, el ácido, autentico invento de Satanás. Como por entonces la cosa era experimentar, no sabíamos de esa droga más que lo que se contaba de ella. Pues una noche, rolando por Montejo, recogimos a este fulano, quien de inmediato comenzó a hablar de las bondades de su producto. Que si te conoces a ti mismo. Que se puede escuchar la música en su esencia, y, directo a nosotros, en especial a Mike, nos comentó que bajo los efectos de aquello los músicos tocaban mejor poniendo como ejemplo a Henrix, lo que era vox populi. Lo que no sabíamos es que con ácido o sin él, Jimmy era un genio de la guitarra. El caso es que nos convenció y nos tomamos eso. Fuimos a Progreso. A una playa solitaria. Cuando comenzó el sacudón —en un principio muy agradable, juegos psicodélicos—, el fulano nos dio una perorata ininteligible. Filosofía barata. Astral. Pero con la clara intención de controlar nuestras mentes para hacernos tronar y comenzaba a entrar en pánico. Los más horrendos monstruos sustituían a aquellos fantásticos colores iniciales. Mike andaba más o menos igual. En un momento cuando el tipo se alejo para hablar con Zoroastro, me dijo Manssur: “Vámonos gallo, este tipo ya me está sacando de onda. No me deja siquiera tocar mi lira de caja que tengo en el baúl. Dice que eso tiene vibraciones groseras. Chingue a su madre”. Y nos subimos al carro alucinando, y huimos de aquel mejen kisin. Su ausencia nos calmó. Entonces, yo le empecé a hablar de los horrores del imperialismo. De la guerra de Vietnam. Quién sabe qué tantas cosas le dije, y como estábamos hasta atrás, lo convencí. En ese instante, el enemigo era el Iñaki para un hombre como el que jamás se interesó en tales cuestiones.

Pasábamos cerca del monumento, en el Paseo Montejo y que se me ocurre una idea demasiado sicodélica. Le dije que deberíamos hacer algo por el pueblo. El entendió por pueblo Izamal. Tal era su inocencia política. Le expliqué que hay que terminar con el enemigo, que sepan que hay gente que sí hace cosas, no sólo habar como ese jueputa que dejamos en Progreso. Detuvo su carro unos metros adelante del consulado gringo. Nos armamos de sendas piedrotas, caminamos hasta un enorme panel de cristal en la entrada. Nula vigilancia. Y ahí estamos dos músicos viajando con Lucy en el cielo con diamantes, mirando cómo caen los cristales del lugar. Lo hacían en cámara lenta. Brillaban bellamente. Corrí al carro pensando y Miguel hizo lo mismo, pero no, seguía contemplando, arrobado, el caleidoscopio de vidrios que caían en geométricas formas. Tuve que gritarle. Entonces sí, huimos velozmente de allí pegando de gritos como locos y carcajeándonos de...¿Qué?

Me llevo a mi casa. Muy temprano recibo su llamada. Estaba ya en el mundo real y me dice realmente encabronado. “Oye bato, si me apañan por lo de anoche, yo te tuerzo”. Me dio otro ataque de risa. Nada sucedió, ni se publicó en la prensa. Ese ha sido el único acto político en la vida de Mike Manzur, y el cierre de campaña en Mejorada, de Carlos Bojórquez, a la alcaldía y de un servidor a una regiduría. Sólo su familia -cuando se casó y tuvo a su hija- fue más importantes que la música de rock para mi añorado compadre.



Por esto!, sábado 11 de julio de 2009.

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