viernes, 5 de junio de 2009

Santiago, el dancing prodigioso


Por Conrado Roche Reyes


Hace aproximadamente tres meses que un servidor se convirtió en vecino del barrio de Santiago. Confieso que me ha dado bastante trabajo adaptarme, ya que desde siempre fui santanero, con dos o tres cambios obligado por las circunstancias obviamente económicas, especialmente a raíz de mi matrimonio y el posterior crecimiento demográfico de la familia. Sin embargo, siempre mi querencia fue Santa Ana, siete veces H. A partir del truene esponsorial, siempre he procurado vivir en algún departamento del rumbo, y lo he logrado con excepción de una época cuando un buen, muy buen amigo me ofreció su departamento situado sobre la calle 60 norte, segundo piso ascensor, corrientes 6-4-8, je je je, casi enfrente el colegio Mérida.

Como decía, todo cambio implica un movimiento en el metabolismo mental. Como que uno no se halla. Sin embargo, poco a poco le he ido agarrando la onda al barrio. Es, a todas luces, más vivaz que mi querencia santanera donde la gente es más adusta, más solemne, amén de que casi ya no existen vecinos. El rumbo ha sido inundado por toda clase de establecimientos comerciales y varios —curiosamente y no se por qué—, culturales, algunos con dueños extranjeros o fuereños nacionales.

Ya encontré, por ejemplo, dónde comer rico, sabroso y barato, “El divino redentor”. Sin descartar las múltiples ofertas gastronómicas del mercado y “La flor de Santiago”. Lo que más ha llamado mi atención, es la gran cantidad de cuates que he encontrado en el camino: Miguel Sosa, árbitro y maestro de ajedrez; Iván Martínez, de “Censurado”. Juan Cárdenas, de “La fuente del poder”; el “Chino” Castillo, quien me hizo un aventón escuchando “Cactus”, mi grupo favorito, y un extraño disco de Paul McCartney, en el cual toca puro Rock and roll de los cincuentas y principios de los sesentas. El locoloca que me persigue ante la hilaridad de teporochos y “streits”. “guapo, guapo”, y los bailes de los martes. Hay que observar con qué fervor esperan los bailarines la llegada de esta noche. Son verdaderos ejemplares de amor al dancing.

El martes pasado, fui a embutirme unos panuchos y noté completamente a oscuras el parque, exactamente más negro el espacio ocupado por la pista. Desde la mesa no se notaba movimiento alguno. Una boca de lobo. Pregunté al mesero si se suspendería la bailada y me contestó que “primero mataban a los organizadores antes de suspender aquello”. Justo a las nueve de la noche, la luz regresó al parque para iluminar de manera esplendente la pista. Esta se encontraba más llena que de costumbre. Aunque nerviosos por la espera, los asistentes con sus respectivas parejas respiraron aliviados. Expectación. Se sentía un ambiente bastante similar a cuando se abre la puerta de cuadrillas en una corrida de toros.

Después de los saludos de rigor y las disculpas, la orquesta arrancó con el danzón más tocado que la hermana de cierto amigo: “Nereidas”. Una solitaria pareja se lanzó al centro de la pista. El garbo y paso danzoneros aparecieron esplendorosamente en aquel caballero de edad adulta. Ella por su paradrotería que debe de portar el varón si es un buen seguidor de los cánones, ejecutaba los pasos con gran presencia, discreta y altiva cachondería, casi inmóvil cuando movía coqueta el abanico, sin dejar de marcar el ritmo con los tacones. El dancing en todo su digno brillo. Pronto la pista se llenó. Cada quien ejecutando, como quien no quiere la cosa, sus mejores pasos, algunos previamente ensayados en casa ante un espejo en silente y no declarada competencia.

Ellos, vestidos como corresponde a tal rito, el cinturón —que juega papel importantísimo en esto— distintivo de su personalidad. Ellas, luciendo sus mejores galas y sus mejores pasos. Me gustaría estar en casa de alguna o alguno de ellos, momentos previos a su salida a la calle. El SANDALO, EL POLVO, EL RIMEL, la pintura de labios, el vestido, la emoción, los nervios. Aunque casi todas son mayores, algunas son guapas aún —son las más peleadas—.¿Qué pasará por sus cerebros en esos instantes?. No lo sé, pero por la manera como toman y aman aquello, es un ritual casi sagrado. Con decir que un servidor, después de más de diez años sin hacerlo BAILE con una gabachita muy chavita medio zafadita —of cors— con fondo la voz de Tony Camargo, “Micaela y el "gallo” ("cocoroyo, cantaba el gallo, cocoroyo, a mi gallina") y “El maletero” (chiviriviri chivirico, chiviriviri chivirico, no pude dejarla pasar tampoco), y aclaro para mis amigos que sólo había consumido un vaso de refresco de pitahaya, esos que dicen que diario me mamo.

Fue una buena experiencia —aunque la gabacha viajaba esa noche a Cancún— rica. Cerca de mí bailaba el buen amigo de años Heber, metiéndole sabor y energía, él es experto y maestro en la ciencia de la respiración, empleando un método maya combinado con los ya conocidos de yoga. Gracia por tu método, pero como te dije, me piqué y me desvanecí al no leer que eso es poco a poco. Y la orquesta TOCA BASTANTE BIEN, SOBRESALIENDO EL PIANISTA QUE LA EJECUTA DE VERDAD.



Por esto!, jueves, 4 de junio de 2009.

1 comentario:

GALICIA dijo...

Le escribimos desde Santiago de Compostela. Teníamos curiosidad por saber a qué le llama usted "La Flor de Santiago! en su artículo. Gracias de antemano y felicidades por su Red literaria.
www.flordesantiago.com

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