jueves, 18 de junio de 2009

Rompimiento. Cultura de la nueva generación

Rock, aventuras y desventuras


Por Conrado Roche Reyes

Con la salida del Mazapán, el grupo “Restricción” se convirtió en trío. Mike Manzur en la guitarra, “El Judío” Ocampo en la batería y un servidor en el bajo y voz. A fuerza de ensayo comenzamos a sonar bastante bien. Continuamos dando conciertos primordialmente y tocando donde nos llamasen. Nos iba bien. Incluso teníamos ya nuestro block de contratos con todas las cláusulas relativas. Empezamos a componer rolas originales que intercalábamos con covers. En una tocata nos escuchó Alfredo Téyer Macari, quien tenía un pequeño estudio de grabación allá por la calle 58, cerca de Santa Ana. Bastante rudimentario, pero estudio al fin, para la época era la gloria. A lo máximo que aspiraban los músicos de entonces era precisamente eso: GRABAR UN DISCO. El proceso era dificultoso ya que había que mandar las cintas a México y ahí transformarlas en acetato. Nos invitó a grabar -en algunas difusoras había mucho mejor equipo técnico, pero se tenía que pagar. El no nos cobraría, y si aquello funcionaba, se llevaría un tanto por ciento. Se concertó la cita. Ensayamos como nunca. Todas las composiciones serían propias. A la medianoche nos presentamos con nuestro equipo e instrumentos. Todo esto lo recuerdo muy vagamente. Comenzó la sesión. La cosa marchaba bien. Un pariente de Téyer era el ingeniero de sonido. La mayoría de las rolas salió en pocas tomas, algunas a la primera. Al término, cansados, fue la noche de un día difícil, subimos al carro de Mike y allí algo sucedió que no recuerdo.

Esto me lo recordó “El Judío” poco antes de fallecer. La verdad yo no tenía memoria de nada de lo que me platicó. Parece que hubo una discusión. Debió de ser algo grave ya que me comentó: “mejor que ni te acuerdes, pero estuvo tan fuerte que tronó “RESTRICCION”, me expresó más de 30 años después.

Manzur se fue a México a tocar con un grupo comandado por Armando Molina, antiguo rocanrolero llamado “México 13”. Yo regresé a la Facultad, a mi noviecita, y al desmadre cultural que comenzaba a gestarse en la ciudad. Se vino una oleada de jóvenes con nuevas propuestas artísticas. Hubo teatro, con obras de autores desconocidos locales y actores que se iniciaban. Muchas de ellas sin un guión escrito. La vestimenta y actitudes de los nuevos intelectuales eran diametralmente opuestas al intelectual yucateco clásico. Rebeldes, irreverentes. Dos puestas en escena causaron revuelo, una llamada “La Obra”, en la que toqué con un “moloch conjunto”. Otra ya mejor estructurada, escrita, con director y toda la cosa, fue “Así habla la justicia”, en donde participó la actriz Lupita Bello y dejó constancia de ello en un libro sobre el teatro en Yucatán, musicalizada por Carlos Bojórquez. Surgieron pintores, algunos de ellos actualmente reconocidos, fotógrafos, bailarinas, actores, directores y toda la gama del espectro artístico. Otros se echaron de clavado al yoga y filosofía budista, en una casa enorme, una quinta mejor dicho, en el patio estaba “la comuna”, que de esto no tenía nada, pero que servía de punto de reunión a los outsiders y las chicas heterodoxas. Recuerdo que a todo a aquel que llegaba se le proporcionaba pincel y pintura para que pintase en las paredes lo que se le diese la gana. Al no haber ya espacio en dichas paredes, debo confesar que quedó plasmado un hermoso y psicodélico mural.

Hubo una obra que debería ser revalorada, “Mínimo quiere saber” de Ballesté, que marcó un hito en la historia de rompimiento teatral. Todas se pusieron en el Teatro de la Universidad, de esta época son nuestros actuales creadores con trayectoria. La literatura tardó un poco más en despuntar.

En el aspecto político, la Universidad aún no se derechizaba. Comenzaron a colarse por ahí los jóvenes conservadores discípulos del Padre Bueno (los chicos malos del padre Bueno), especialmente en la Escuela de Comercio y Administración. Sin embargo, aún los de Derecho dominaban el panorama, muchos de ellos priistas, futuros diputados, senadores, alcaldes y hasta gobernadores, pero el grupo de izquierda, no muy numeroso pero activo, predominaba y fue una especie de dique ante el avance derechista. De allí salieron luchadores sociales que incluso ingresaron a la clandestinidad revolucionaria. “El Charras” hacía labor socializante entre los trabajadores. Fueron sus inicios antes de ser brutalmente asesinado por la reacción, hecho que motivó una de las más grandes protestas y movilizaciones populares que se recuerden en Yucatán. Pero este tema lo trataré posteriormente.

En lo personal, sin la música, pasaba por una terrible crisis existencial. La Biblia en una mano y en la otra Marx. Fue un momento de enorme confusión. Estaba lo hermoso del Evangelio chocando con la cruda realidad. Aunque parezcan cuestiones triviales, por entonces era impensable una misa de graduación en ninguna de las Facultades y Escuelas de nuestra laicísima Universidad. Frenamos los primeros intentos de aquello, aunque en ocasiones de manera no muy pacífica. Las reuniones de jóvenes revolucionarios se efectuaban con fondo de música de los Beatles…y discos con discursos de Fidel Castro. Fue una bonita y utópica generación, la que gracias a ella hoy se miran ciertas actividades como la cosa más natural del mundo. Y no es así. Hubo que enfrentarse a un sistema ferozmente represor. Con su cuota de difuntos. No piensen los jóvenes de hoy que las cosas son como hoy día. Que así ha sido siempre. Esta poca o mucha libertad artística de que se goza hoy se la debemos a la boom generation. En fin, que fue una pequeña revolución en arte, amor y todo lo demás.
Por esto! miércoles, 17 de junio de 2009.

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