miércoles, 3 de junio de 2009

El trastorno por déficit de atención


Por José Díaz Cervera

Ha llamado mi atención el conocer en los últimos meses varios casos de un síndrome que parece ser ya uno de los más complejos y delicados problemas de salud infantil que haya enfrentado nuestro país: se trata del denominado Trastorno por Déficit de Atención (TDA), el cual puede ir acompañado del trastorno de Hiperactividad (en cuyo caso hablamos de TDAH).

El diagnóstico del TDA, es uno de los asuntos más complejos, pues requiere de estudios clínicos, de pruebas psicológicas y de análisis de laboratorio. Sus síntomas característicos (falta de atención, impulsividad, ansiedad, falta de interés en el trabajo, problemas con la memoria de corto plazo), son también síntomas de algunos otros padecimientos no necesariamente neurofisiológicos. Pero las condiciones generales de conducta, aunadas a circunstancias del desarrollo personal, así como la salud familiar del paciente, permiten elaborar un pre-diagnóstico que se confirmará o no según los datos que en pruebas de laboratorio se obtengan de las funciones neurológicas del cerebro ligadas a procesos neuro-químicos.

El misterio, sin embargo, prevalece, pues aunque se piensa en la posibilidad de que ésta sea una enfermedad hereditaria, existe también la probabilidad de que sea congénita y aun la de que las modificaciones de la química cerebral se deriven de las circunstancias emocionales del niño y quizá hasta de algunos otros factores como las condiciones socioculturales de su desarrollo (aquí entran desde los hábitos alimenticios hasta las prácticas de entretenimiento).

Desde luego que no soy ni remotamente un experto en el tema; digamos que solamente soy un hombre medianamente sensible que se conmueve ante ciertas formas de sufrimiento que no parecen sufrimiento, y el TDA lo es. Asumo entonces que mi perspectiva no es clínica sino filosófica.

Circunstancialmente he visto algunos casos de TDA, y advierto en ellos algunas constantes: familias con rasgos disfuncionales en que alguno o los dos cónyuges tienen un apego excesivo por el dinero, donde uno de ellos al menos es trabajador compulsivo y tiene alguna adicción de esas que parecen inocentes (pasarse muchas horas frente al televisor o los videojuegos, por ejemplo, o correr alguna juerga con los amigos los fines de semana); asimismo, he podido percatarme de que los hijos de esas parejas tienen contactos tempranos e indiscriminados con la televisión y todo tipo de videojuegos como el nintendo, el x-box y algunos otros.

Todo esto me ha llevado a hacerme algunas preguntas. La más importante: ¿estamos ante una enfermedad (el término es impreciso pues es más bien un síndrome) nueva o simplemente estamos descubriendo algo que había existido siempre? La respuesta parece no hallarse al alcance de la mano.

Yo, sin embargo, quisiera aventurar algunas suposiciones. Comenzaré entonces por decir que estamos ante un hecho inédito en la historia humana. El TDA es la manifestación fisiológica de un espectro sociocultural que nos ha sumido en la involución. La explicación no es sencilla, pero intentaré sistematizarla en unas pocas líneas.

Si atendemos al principio causal de la relación entre un estímulo y su o sus respuestas, podemos ver que el abanico de éstas, por más amplio que sea, tiene un límite determinado por nuestras capacidades concientes e inconcientes. Sucede entonces que el hombre de nuestros tiempos es un hombre hiper-estimulado en niveles que sobrepasan su capacidad de respuesta (por si fuera poco, hoy tenemos incluso centros de una cosa rara que se llama “estimulación temprana”), de tal forma que se empieza a ofrecer cualquier réplica al estímulo o bien, en los casos extremos, los sujetos simplemente se ven avasallados por tantos apremios y dejan de responder a ellos.

Así, cuando inocentemente dejamos a nuestros niños muchas horas frente al televisor o les descubrimos el “maravilloso” mundo del x-box, nunca nos detenemos a pensar si detrás de toda esa gama de colores y sonidos hay una gran trampa que nosotros mismos ponemos, muchas veces sin otra razón que la de acrecentar nuestra capacidad de consumo.

El niño, que no ha logrado fijar su atención y su conciencia en un estímulo, es avasallado por muchos otros en fracciones de segundo y, a manera de mecanismo de defensa, “aprende” que no debe concentrarse en nada para no quedar a merced del vértigo. Ése pudiera ser uno de los caldos de cultivo de la atención deficitaria.

Estamos fabricando una sociedad de niños atomizados en los niveles más bajos de su conciencia, solos, desatendidos, mimados por la culpabilidad de sus padres, mas no amados sanamente por ellos y, por si fuera poco, sedentarios y obesos. Ante ello, debemos empezar a documentar la relación entre los contactos tempranos con los videojuegos y la televisión y el TDA pues, de demostrarse mi intuición, la sociedad tendría que tomar medidas jurídicas que reglamenten la venta, los usos y las modalidades de estos aparatos ya que, dadas la circunstancias, los adultos que fomenten esta práctica podrían ser acusados de un delito análogo al de corrupción de menores.

Yo sé que ningún padre de familia en sus cabales le compraría a su hijo una AK-47 para que juegue con sus amiguitos. Inconcientemente, sin embargo, un padre de familia sabe que un nintendo es la mejor nana del mundo, aunque tal vez no esté conciente de que, bajo la sonrisa afable de esa eficaz nodriza, hay una gran perversidad.

diacervera@gmail.com




Por esto!, martes, 2 de junio de 2009.

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