viernes, 29 de mayo de 2009

Perversa mezquindad



Por Manuel J. Tejada Loria


Esto va en menos de 600 palabras, alejándonos, por supuesto, de los mamotretos panfletarios, porque nuestra intención –repetimos– va en pos de la claridad, algo que a muchos les produce urticaria, un poco de escozor en las mandíbulas y hasta quizás una leve irritación en el occipucio, pero nada que no alivie el ungüento de naranja.

Decíamos: el 9 de noviembre de 1938 una avanzada de policías y militares alemanes, con la anuencia del Partido Nacionalsocialista, arremetieron contra sinagogas, almacenes y casas en algunas ciudades alemanas. Por supuesto, se trataba de un siniestro plan para comenzar a poblar los campos de concentración. Ese día, todo el que era judío o incluso pareciera, inmediatamente era aprehendido, vejado y remitido al campo de exterminio más cercano.

A ese momento de la Historia se le llamó “la noche de los cristales rotos” ya que los uniformados que irrumpieron en tiendas y domicilios, iban rompiendo todo lo que estuviera a su paso. Incluso arrasaron con símbolos religiosos y quemaron libros en un afán de borrar cualquier indicio que les recordara la causa de su abrumador odio.

La política racial de los nazis a pesar de estar sustentada con razones esotéricas, era a final de cuentas, una inminente verdad para todos los adeptos del partido nazi que encabezaba Hitler. Todos creían ciegamente en él y todos con un genuino fervor pensaban que la razón ciertamente estaba de su lado. La verdad que Hitler proclamó era la única verdad que podían concebir.

Esta política de discriminación racial era operada por otro personaje de igual o peor calaña, paradójicamente un humanista y conocedor de la Historia en sus tiempos mozos, Heinrich Himmler, quien tenía por consigna llevar a cabo la política de supremacía aria a través de un régimen de terror y un régimen de verdad: lo primero, con el exterminio total de los judíos; y lo segundo, maquillando sus acciones para que parecieran un acto noble y patriota.

De esta manera, Himmler disfrazó su arraigada discriminación hacia los judíos con acciones que de lejos mostraban una gran voluntad de cambio y un serio compromiso con la gente, incluso muchos escritos de su autoría así lo demuestran. Tiempo después la Historia nos mostró el otro lado de lo que en su momento fue una gran verdad: la eugenesia, la experimentación con prisioneros judíos, el control de natalidad, etc., tenían el mismo trasfondo de los campos de concentración.

La diferencia entre Himmler y Hitler, es que el primero sabía que todo era un teatro que podía venirse abajo. De allí que a la larga haya traicionado a quien alguna vez admiró casi al grado de imitar sus gestos, su forma de hablar y su imagen. Diría que hasta su forma de dirigirse al público y de escribir. El tremendo horror del holocausto, incluso, se refleja en sus propias palabras cuando ante jefes nazis advirtió que el magnicidio que estaban cometiendo era un tema que nunca debía de ser tratado ni hablado en público. Y así fue, la negación ante todo.

Himmler, después de todo se concebía como un ser comprometido con la causa. Desde luego que Hitler también creía que era bueno, que sus acciones estaban justificadas, que tenía la potestad de hacer y de decir… todo esto desde luego, amparado en su “margen de verdad”. Ahora sabemos que no era otra cosa que su perversa mezquindad.




Por esto!, miércoles, 27 de mayo de 2009.

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