domingo, 10 de mayo de 2009

Mi amigo el monstruo

Por Conrado Roche


Compañero de primaria, secundaria, preparatoria, y dos años en la antigua Facultad de Jurisprudencia, situada entonces exactamente encima del Teatro de la Universidad, y se penetraba a la misma por una pequeña puerta del lado derecho subiendo una escalinata.

La mayoría de las Escuelas y Facultades se ubicaban en el edificio central. Existían mucho menos carreras que en la actualidad. Además de Leyes ahí albergaban a la Escuela de Comercio y Administración,(ECA) y a la recién inaugurada Escuela de Matemáticas, en el segundo y tercer piso respectivamente. En la planta baja estaba la Escuela de Odontología, las oficinas administrativas y la rectoría. Fuera del edificio estaban la Escuela Preparatoria, también de reciente funcionamiento, la Facultad de Ingeniería y la Escuela de Química, con sus dos opciones, Químico Fármaco Biólogo e Ingeniería Química, todas éstas por el Fénix. La Facultad de Medicina estaba en su actual lugar, la Avenida Itzáes.

Justo enfrente de nuestra Facultad se encontraba el Café Peón Contreras, sitio en el que pasamos muchas horas de nuestras vidas. El lugar era frecuentado por el mismísimo rector, asi como numerosos catedráticos, intelectuales y políticos.

A mi amigo le decían “El Monstruo” por obvia razón. Era de ascendencia sirio libanesa. Fuimos muy unidos. Siendo él bastante conservador en todos los aspectos, no fue óbice para que no tuviese sus momentos de destrampe, como casi todos. A esa etapa de la existencia la llamo la nebulosa, ya que todo lo miro a la distancia de manera un tanto desperdigada. Incluso hay cuestiones que no estoy seguro si sucedieron o lo soñé. Un poco de locura no le cae mal a nadie.

Quiero relatar un suceso que causó tal hilaridad a mi persona, que cuando aquello pasó, literalmente me uixé de la risa.

Estaba muy de moda el bar “El galeón” del hotel Montejo Palace. De todas maneras era el único lugar al que se podía ir con la novia. Iban bastantes mujeres, algo insólito para la época. Tomamos la copa, sofisma que sirve para decir nos mamamos. Cantaba en el lugar, en lo más alto del hotel, Carlos Gil, quien duró años en dicho bar. Después de unos alipuses, con medio estoque, decidimos retirarnos “El Monstruo” y yo. No ligamos nada, ya que con suerte, o con feria, cabía tal posibilidad.

Bajamos por el elevador sintiéndonos hombres de mundo, cuando aun apenas nos pintaba el bozo. El lugar estaba o esta, no lo se a ciencia cierta, sobre el Paseo Montejo. Caminamos sobre el mismo. El vivía por el arabesco barrio de San Cristóbal, yo a unas cuantas cuadras.

Ya medio pedos y sin un quinto en la bolsa, el pobre “Monstruo” tendría que hacer su recorrido pinceleando. De pronto, con sus enormes ojos morunos me dice con una cara de espanto: “Conrado, me estoy cagando, pero grueso”. Le sugerí fuésemos a mi casa situada a tres cuadras sobre la calle 62. “No, no me aguanto, me voy a cagar, ¿Qué hago?”.

Serian como las 12 de la noche, no había un alma hasta donde mi vista alcanzaba. Solamente carros estacionados sobre la 45. Entonces le dije que ni pedo, que se bajase el pantalón entre dos carros y diera rienda suelta a su tah. Ni presto ni perezoso, el tipo se bajó los pantalones entre la defensa delantera de un vehiculo y la trasera de otro, entonces si… escuché un ¡ahhh¡ de satisfacción. Papel en mano -que encontramos tirado- pantalón a las rodillas, hacía su “necesidad”.

Estaba en lo mejor -qué rico es cagar después de aguantarse hasta la palidez, es casi orgásmico- cuando el carro que tenia detrás enciende sus faros. El pobre no sabia qué hacer, con el cerote a medio salir y caminando agachado, tropezando con el pantalón intentaba cubrirse, él tan penoso.

El tipo del carro, igualmente asustado, reaccionó violentamente. “Hijueputa, mas si ya llenaste de miarda mi carro”. La cara del “Monstruo” no la puedo describir. Describía círculos con el culo al aire balbuceando incoherencias. Dentro de lo que aquello le significaba un verdadero drama, a mí me da un ataque de risa incontrolable.

Hay que imaginarse la escena para comprender esa reacción inocentemente malvada de mi parte. Sus blancas nalgas que trataba el infeliz de cubrir con… ¡que?, relucían ante la potencia de los faros del auto. El guiador, después de comprobar que a su adorado Studebaker no le pringó ni una gota de mierdolaga, estalló en carcajadas diciéndole al monstruo: ”Oye chavo, ¿qué onda contigo?, coño, ¡educa tu culo!”, lo que produjo que las carcajadas aumentasen.

Hoy cuando se lo recuerdo, ¿sabes qué me contesta “El Monstruo, amigo lector? ¡Que no es cierto, que es un invento mío! Muy yucateca salida,¿no te parece amigo y caro lector?.

+ Como verás, no se trata de ti, aunque casualmente -¡uay!- tiene tu mismo nombre, pero es libanés, hermano de un político panista muuuuyyy chambeador.


Por esto!, viernes, 8 de mayo de 2009.

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