domingo, 24 de mayo de 2009

¿Existen las vibras?


Por Conrado Roche Reyes


¿Te ha sucedido amigo y cómplice mío, lector, el sentir sin conocer absolutamente nada de ciertas personas el rechazarlas así nomás, o por el contrario, aceptar a alguien igualmente guiado por las llamadas vibraciones? Estoy casi seguro que sí. Ocurre en la vida diaria, en el mundo real del que tanto hemos hablado tú y yo últimamente. Por algún extraño, inexplicable designio de los dioses, de los estados. De nuestro grado de depresión o exaltación, que sin qué ni para qué, sentimos que cierta persona nos cae mal, así de gratis y “visconversa”, siente uno el cortón, la mala onda de la otra parte. Generalmente uno atina. La antipatía, ya de allá para acá como de acá para allá casi siempre es real. Mas la vida le enseña a uno que aquello no es regla indisoluble, fatal, catatónica. Hay ocasiones que aquella persona que de gratis, sin mediar motivo alguno –como los “valientes” que madrean a sus hembras- sucede con cierta frecuencia que resultan ser personas encantadoras, afines, maravillosas. Por el contrario, gente que uno por quién sabe cuál razón entrega su amistad incondicional, resultan ser entes malvados, enemigos gratuitos. Creo que a todos nos ha sucedido algo parecido.

Uno de mis mejores amigos, quien me mató literalmente el hambre, que me impulsaba a seguir en los momentos depresivos, de un día para otro, se convirtió en mi más feroz detractor. Pero grueso. Después de haberme cobijado en una etapa en que era yo perseguido por el sistema, proporcionarme cama y alimento. Acompañarme a las puertas de mi depa para que las fuerzas oscuras de la SUCIEDAD no me apañasen.

Los yucatecos somos muy dados a dejarnos llevar por juicios de oídas. En este caso particular, por lo que he logrado averiguar, sucedió que un mamarracho, que dice ser “pueta”, al que yo le inventé tal título, y el entorno contribuyó, ya lo es, al menos de nombre. Da cursos, incluso ha ganado premios estatales de “poesiya”, con el método de “el rompecabezas”. Me consta. Compra o compraba el diario español “El País”, subrayaba las palabras más extrañas o rimbombantes, abría libros y subrayaba al azar cualquier palabra. Entonces, colocaba dichas palabras y hacía un “jaranxac”. Me cagué –perdón- de la risa cuando algún crítico literario dio su personal interpretación a aquel desmadre. Bajo la premisa de mientras menos se entiende más mejor, interpretaron aquello como imágenes, sublimaciones. Como eran sus broders y yo el enemigo -hasta hoy no sé la razón-, cultivaron a una dama ingenua para darle el premio y a su sister, que no lee ni el ex Yucatán, el segundo lugar. Todo para darme en la cabeza. Pues bien, este imbécil expandió la especie de que yo era amante de mi amigo... lo malo es que éste lo creyó. Esto es lo que he medio averiguado.

Regresando al tema de la caída mal gratuita, el domingo pasado, día 17 de mayo, por azares del destino, fui a dar al café “La Giralda”, situado en el mero corazón del mercado grande. Había estado allí anteriormente. Desde el instante que tomé asiento, noté que la mesera, una ñora entrada en años, no agradele, de gratis. Como por prescripción médica no tomo café –yo que fui gran cafetero- le pedí un refresco de sabor. Al mirar el tiempo pasar sin que ella me sirviese, pues abrí la nevera y agarré un “oranshito”. Divagaba mi mente en cuestiones diversas. Entonces llega el maestro González y se sienta en mi mesa. Aclaro que a dicho café, muy barato y con cuyo dueño fundador me ligaba amistad por su hijo, Miguel Cardín, acuden muchos AA para matar el tiempo y no mamarse. El maestro llama a la gorda mesera y pide su café, yo, harto de refrescos, le pedí un vaso de agua –la cara de mierda de ella no había cambiado para conmigo- a lo que me respondió que no había agua natural. Voltee a ver, y en todas las mesas estaba la greca –recomendable: tres pesitos- con su respectivo vaso horchatero de agua natural. Se lo hice ver, pero la tránsfuga de la batea casi me pega al recalcarme que no había agua. Bueno, le dije, dame aunque sea de la llave, en estos tiempos de influenza. Con su carota, me lo trajo, más bien por quien compartía mesa. Como he sido amigo de meseros más hijueputas que ella, no tomé un trago. Seguro como estaba del gargajazo.

Es una llamada de atención a todos los dueños de este tipo de establecimientos, ya que sé, y por ahora no los chivateo, de varios. Joven Rosado, no sé cómo la lleves con tu tío Miguel y con tu papá –si ya falleció, perdóname porque hace años no lo veo- pero ni con él ni con tu abuelo, estas situaciones eran imperdonables. Aunque trabajen en una empresa privada, son servidores públicos. Ojalá el resto de tus colegas cafeteros (dueños), sigan tu ejemplo en esta época de crisis: bajar los precios.

Estudié muchas noches en casa de tu madre en la 50, donde se fabricaba el café. Saludos a tu tío Miguel.

Por esto!, viernes, 22 de mayo de 2009.

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