jueves, 7 de mayo de 2009

El gran Maestro Janitzio Durán

Hortencia Sánchez


Hay hombres que luchan un día
y son buenos.
Hay otros que luchan un año
y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años
y son muy buenos.
Pero hay los que luchan toda la vida:
esos son los imprescindibles...
Bertolt Brecht



Muchas veces ha llegado a mis recuerdos el maestro Janitzio Durán: Ojos grandes… brazo fuerte… palabra sabia… y su rostro, ese rostro de mil arrugas acumuladas en sueños…

Lo conocí algún día en que llegué a aprender a una de las escuelas que él logró formar, una secundaria en la que era un placer estudiar. Me refiero a la Federal 5. Los mejores recuerdos de mi vida fueron durante esos años, cuando todavía habitaba en mí la ilusión de ser una profesionista, de empezar el camino para poder servir a otros, de encontrar mi verdadero rumbo. En ella comprendí que el arte me llamaba; tuve a la mejor maestra de literatura, que me mostraba los textos y me decía porqué eran importantes. En ellos podía encontrar a otros que pintaban mejores mundos, mejores mañanas y un presente lleno de emoción y de palabras. Partí de aquellas aulas con grandes sueños. Muchos se han cumplido, como el escribir para la prensa, y ahora lo hago de manera constante en este entrañable medio, mi querido POR ESTO!, donde puedo compartir lo mejor y peor que sucede en la vida.

Quiero en gran medida al maestro Janitzio porque ama terriblemente sus raíces, habla maya y crea historias que, ahora como personas de teatro, nos hemos permitido llevar a escena. Muchas personas no dejan de comentarnos que de las mejores obras que recuerdan de nuestros montajes está, sin duda, “La muerte del abuelo”, obra que logramos gracias a uno de los cuentos de su libro “Luces de quinqué”.

Maestro, tú me recuerdas a mi padre, ese que al igual que tú, sabe de la naturaleza, del cosmos, de los dialectos, de la obligación de ser los más entregados a la tierra, esa que nos otorga la maravilla de ver los árboles cubiertos de vida, de tierra roja.

Él como tú, tú como él, me hablaron de los viejos abuelos, sabios y pacientes, de las mujeres campesinas entregadas, comprometidas a dar vida, no sólo en su vientre, sino en las tierras que cultivan, en disfrutar del sol y de la lluvia.

Tú como él, él como tú, me enseñaron de las leyendas, del poder que ejercen los viejos sabios curanderos, pero sobre todo me enseñaron a apostarle a las nuevas generaciones que deben contar con el ímpetu, el conocimiento y la entrega.

Qué alegría saber que recibiste un nuevo premio por tu entrega a la vida, esa que has llenado de tantas cosas buenas. Alguna vez te encontré desayunando con tu familia, mientras yo hacía lo mismo con la mía. Te acercaste a mi mesa y me emocioné tanto de mírarte; nos saludaste a mi pareja y a mí, hablando con orgullo de lo que habíamos conseguido con uno de tus cuentos en un montaje. Mis hijos me dijeron: ¡Qué gran señor es el que te ha saludado! Yo también lo sabía. Me emocioné tanto de encontrarme contigo, de levantarme para mostrarte todo mi cariño, todo mi respeto y gran admiración.

Maestro, comentabas en una entrevista con motivo de tu premio, que el mejor, el verdadero premio, era saber que algún alumno, ahora profesionista, te recordaba, y yo te recuerdo muy seguido, eres un ejemplo muy grande a seguir.

Hace algunos años te dediqué un escrito donde te comparaba con un gran árbol que, tal vez, se podría doblar, pero nunca arrancar. Ahora lo sé más que nunca: Eso eres, eso continuarás siendo para mí, un árbol frondoso en donde llegar a arroparse del sol, de la lluvia, de la tristeza y soledad.

Mil abrazos, mil felicitaciones, mil amigos te acompañen en este nuevo logro, este nuevo premio. Te mereces éste y muchos más.

Y al día siguiente, se inició el traslado a la última morada…

Ya casi nadie quedaba en casa, la abuela, mi madre y una más musitaron el rezo final.
Fue entonces cuando comencé a comprender como niño que me quedaría solo…

Recuerdo que una sensación de desesperación se fue apoderando de mí ser y que por un instante pensé que jamás volvería a acompañarlo por los caminos que a diario nos conducían en busca de leña para vender, que no volvería a escuchar su voz diciendo los nombres de las plantas medicinales; que no volvería a ver su silueta reflejada en un amanecer sombrío, mirando el cielo, prediciendo a través de las estrellas la probabilidad de lluvia o de un soleado transcurrir con viento… Me di cuenta de que su cuerpo y voz se había alejado para siempre.

Recuerdo mi silencio de niño mirando depositar a mi abuelo en la tierra, recuerdo que en mis adentros alenté un adiós y un encuentro que sigue latiendo como hasta ahora, pues cuando voy por las veredas del campo y miro el cielo estrellado, o cuando espero la lluvia, siempre me pregunto y me respondo: ¿Verdad que estás junto a mí? Porque te siento en las cosechas como en el sonido que hace el maíz al desgranarse… porque tu aliento roza mi rostro al anunciarse la tormenta… porque respiras muy hondo cada vez que escucho el eco que lanza mi voz al monte en cada amanecer… Abuelo… Abuelo… Papá… ¿Verdad que estás junto a mí?

Fragmento de la adaptación teatral al cuento “La muerte del abuelo” de Janitzio Durán

Que los ángeles, las hadas y los amigos sigan acompañándote en tu valiosa, ejemplar y maravillosa vida.
Como siempre, te admiro, te respeto y te doy mis mejores sueños.
¡Te quiero, gran maestro!



ritualteatro@hotmail.com


Por esto!, martes, 4 de abril de 2009.

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