martes, 12 de mayo de 2009

10 de Mayo: Vivir colmada y en paz

Por Hortencia Sánchez


Alguna vez esperé con incertidumbre el resultado de una prueba para enterarme si era verdad que había sido capaz de crear a un nuevo ser; siempre escuché que este momento era grandioso, único. El nerviosismo y el qué vendrá fueron mis compañeros desde ese instante.

Hablar de mi dadora de vida me emociona, más aún cuando no es una madre común, y mucho menos corriente. Ella me enseñó durante todo el tiempo que fue mi protectora, que no era necesario rendirle pleitesía, creer que su palabra era única y verdadera; me enseñó que para ser una verdadera mujer no era necesario dejar las satisfacciones personales, que la propia vida tuviera que ser arrancada para vivir la de los hijos.

Muchos días y noches no estuvo conmigo, sabía que de esta manera me convertiría en un ser poderoso, independiente. Lo mejor que pudo hacer fue continuar viviendo sus propias luchas, y que yo encontrara las mías para vivir mis propios obstáculos, mis propios traumas; nunca enterró en mí el pensamiento de que la única manera de ser buena con los hijos era olvidarse de sí misma. A la fecha continúa actuando igual.

Algunas veces me llama para preguntarme cómo me encuentro, de qué sufro, a qué me enfrento, a qué le tengo miedo. Me gusta que no se deje llevar por lo que, se supone, es el ideal de ser madre, por lo que, sincera, es capaz de decirme: -Te has descuidado, ¿dónde está la mujer que se valora y quiere a sí misma?

A partir de quererse, me enseñó a apreciarme. No llora muy seguido y cuando lo hace, lo realiza a solas; cuando tiene miedo se lo aguanta y suelta la carcajada. No me solapa mis frustraciones, ni a mis hijos. Siempre lo dijo claro: - Cuando tengas a tus hijos harás lo que quieras con ellos, yo hago con los míos lo que se me da la gana.

No se convirtió en mi ideal alcanzarla. Nunca me dijo qué es lo que tenía que hacer, sólo se dedicó a contarme lo que le parecía absurdo, inútil.

Y cuando supo que yo ya había concebido, me dijo: - No es fácil, porque uno no olvida sus sueños, su andar, sus enojos o frustraciones; a veces no hemos ni empezado a manejar nuestra propia vida y queremos contribuir a formar la de los otros. La muerte me incomoda, pero es parte insustituible de dar vida.

Sin embargo yo lo sé, y ella lo sabe, algunas veces ha dejado a un lado sus particulares luchas para apoyar las mías; se ha resignado a que, tal vez, muchas mañanas y noches no me acuerde de ella.

Entre lo mejor que me ha enseñado es su manera tan elocuente de defender a cada uno de sus siete hijos. Si alguno se formó, según los otros, en la incongruencia y el caos, para ella esto es perfecto; si otro se dejó llevar por su pareja, aún no hubiera que hacerlo, para ella está muy bien; para ella cada uno encontró lo que le era importante.

Lo que más le admiro, lo que me emociona, es que haya entendido que la vida no son reglas que la sociedad de las apariencias y las buenas costumbres le valieron madre.
Ahora siempre repite: Mis hijos, mis hijos, pedacitos de huesos, de corazón, parte mía, pero dueños de su persona.

Nunca me chantajea y si acaso lo hace ni siquiera se da cuenta, ya que suele repetir muy seguido: - No me deben absolutamente nada, yo quise traerlos a vivir a este mundo, en sus manos está hacerlo gris o luminoso.

Su mejor lección fue el día que tuvo que enterrar a su madre y me habló por teléfono para comunicarme que la abuela había muerto; que sentía que una parte de ella se había escapado de su ser, pero que el estar en la vida, era la mejor forma de decirle adiós para siempre.

Madre mía: Hoy quiero decirte que me conmueves, que admiro tu valor y entrega a tus propios sueños, que me enoja un poco que hayas decidido regresar a tu tierra a continuar partiendo tus manos y alma en mil pedazos.

Ahora estoy segura de que, aunque no seas ni vulnerable, ni tierna, mucho menos, inmutable, y que, aun sin quererlo, sin desearlo, me convertiste en tu imagen y semejanza.

Amo a mis hijos pero nunca dejaré mi vida atrás. Los regañaré, no les pediré absolutamente nada.

Cuando tú partas y vayas más allá del cosmos y las estrellas, estaré orgullosa, plena de haber contado con la mejor persona a mi lado, con la mejor mujer, que olvidó lo cotidiano, lo absurdo de convertirse en un ser sagrado, y sólo haber sido quien me dio la vida para que encontrara el mejor regalo.

P.D: Te admiré más a partir del accidente de mi padre, ya que tuviste la cabeza bien puesta, la sangre fría para hablarme y decirme: Consiéntalo, es su padre, los hombres necesitan mucho de nosotras.

Te quedaste en tu espacio alimentando a sus borregos, a mantener lo que han luchado por tener, a fuerza física, a brazo partido, pero sobre todo con el alma plena y en paz.

Tus hijos se convirtieron en mujeres y hombres independientes, respetándote y amándote por tu particular y maravillosa manera de colmar la pinche vida.

Ojala algún día a mí me suceda igual.

¡Feliz día a todas las madres!

ritualteatro@hotmail.com


Por esto!, martes 11 de mayo de 2009.

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