jueves, 23 de abril de 2009

Realidades del Gran Poncho de Holcá

Por Joaquín Peón Iñiguez

Lo primero que ves entrando a Holcá son dos cantinas, aquél día íbamos por la libre, camino a Sian Kaan, el lugar donde nace el cielo, y más que una casualidad o un coqueteo de la selva y el asfalto, lo tomamos como una señal divina. J y yo nos detuvimos a tomar una cerveza, estacionamos el carro junto a unos cuantos pavos y gallinas que se apandillaron en la puerta. Cuando quisimos retomar la carretera, descubrí que las llaves se me quedaron adentro del carro. Le pregunté a la señora que atendía si había algún cerrajero en el pueblo, me respondió que no, pero que a unos metros podría encontrar un llantero.

Caminé hasta su casa, no toqué la puerta porque no había. Después de algunos gritos, un sujeto que estaba tirado en su hamaca viendo caricaturas, se despertó. Me llamo Javier, pero me dicen Poncho porque soy deportista, me informó mientras se sobaba su pansa chelera. Su apellido es Tello, pero hay que ser un poco idiotas (presente) para preguntarle, ¿Te lo poncho? Cuando llegamos al carro los pavos se habían multiplicado casi por generación espontanea. El Poncho abrió su caja de herramientas, tenía un martillo, un desarmador y un montón de trozos de metal rotos que seguramente había recogido de la carretera. Introdujo el desarmador en el cerrojo, martilló por unos diez minutos hasta que la cajuela finalmente cedió. Desde ese día no he podido abrirla. Nos pidió que le compráramos una chela y lo alcanzáramos en su casa.

El precio fue relativamente barato, algunos pesitos y media botella de ron que guardábamos para el viaje. Siéntense chingada madre, dijo el Poncho hospitalariamente, después vació la botella sobre una gran cubeta de pintura donde mezclaba todo el alcohol que cayera en sus manos, sumergió el vaso y nos invitó un trago. Después nos enseño sus pinturas, eran trozos de madera sin forma alguna sobre las que dibujaba vírgenes que se mezclaban con serpientes, calaveras y futbol. Para verlas mejor nos pasó unos catalejos fabricados con botellas y cinta aislante. Es cierto, las vírgenes parecían salirse del cuadro, casi podías besarlas, suavecito. Miren mi pipa, señaló mientras nos mostraba un tronco devorado por el comején, de unos cuarenta centímetros de largo y quince de diámetro. Luego nos contó de una ocasión en que unos turistas alemanes se sentaron a beber tequila con él, cuando se quitó la camisa ellos quedaron impactados, le dijeron que tenía la figura de una virgen en su espalda. No, sólo estoy sucio, les respondió.

La segunda vez que visité al Poncho estaba acompañado de un amigo que pudiera tener cualquier edad entre los setenta y los cien, es difícil calcularle los años a la gente que ha trabajado tantos años bajo el sol meridano. El compañero era de pocas palabras, nos recordaba su nombre a cada oportunidad y repetía cada frase al menos dos veces, era de corazón noble. La dinámica que tenían ambos era curiosa, por no decir bizarra, el Poncho debrayaba y se reía de sus propios chistes mientras él sonreía en silencio, asintiendo de repente, como si lo entendiera todo y no tuviera necesidad de hablar. Si quieren encontrarlo sólo pregunten por el marido del Poncho, nos informó antes de despedirnos.

La última vez que pasé por Holcá, el Poncho estaba sin camisa, tenía un collar con un chupón colgando, permanecía sentado en un banco de madera cual rey en su trono, un sujeto lo estaba bañando en una mucosidad extraña que finalmente concluimos era grasa de auto. Me dejó el olor marcado con un abrazo y hasta el día de hoy no se ha quitado de mi camisa. Esta vez nos enseñó sus nuevas pinturas, más vírgenes sobre espejos. Además había escrito su nombre con plumón indeleble sobre el televisor. Me dio a leer un libro de medicina y le prometí que la próxima vez le llevaría mi novela. Antes de retomar la carretera le hice un comentario sobre sus pinturas, él me miró un poco engreído, un poco burlón, como suele hacerlo y me dijo: es que soy una verga, entiéndelo.

Por esto!, martes 21 de abril de 2009.

2 comentarios:

Txs dijo...

Ponchooooooo!!!!! I misss UUUUU!!!!!

Alfredo Bojórquez (compra/venta de libros) dijo...

Me hubiera gustado que el sol que quema o quemaba a ese señor de incalculable edad haya sido yucateco y no meridano.

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