domingo, 12 de abril de 2009

Las aventuras de un libro


Por José Díaz Cervera

Licantra, el primer libro de poemas que publiqué y del que Rodrigo Ordóñez hizo un comentario afectuoso en estas páginas en días pasados, es una obra a la que amo profundamente. (Con el comentario de Ordóñez, el libro ha tenido ya tres reseñas en las páginas del por esto!; las otras fueron: una a cargo de Agustín Labrada, y la otra por parte de Leopoldo Creoglio.)

Yo había conocido al Doctor Bonifaz Nuño unas semanas antes, cuando me presenté en su oficina de Ciudad Universitaria con unos sonetos en homenaje a Pablo Neruda. Mientras las rodillas me temblaban y me escurría por todo el espinazo una gota de sudor, Don Rubén leyó de manera silenciosa los poemas que puse frente a él, mirándome de cuando en cuando por encima de sus lentes. Al terminar, simplemente se levantó, caminó hacia su escritorio y extrajo de su saco una cajetilla de cigarros sin filtro, mientras buscaba en otra bolsa un encendedor.
El momento fue terrible, pues el silencio del poeta cordobés me parecía pesado. Yo estaba a punto de salir corriendo de ahí cuando, después de encender su cigarro, dijo algo que me tranquilizó. Frente a mí de nuevo, en una pequeña sala del enorme cubículo, el Doctor comentó mi trabajo, y después de unos minutos de charla nos despedimos. En señal de amistad, él me regaló un ejemplar autografiado de su traducción de las “Elegías” de Propercio, el cual conservo como un tesoro.

Algunos días después del suceso, recibí una llamada del poeta Óscar Oliva. Había coincidido con el Doctor Bonifaz en Ciudad Universitaria, éste lo había invitado a su cubículo donde hablaron de poesía y, durante la charla, el Doctor le mencionó la visita de un joven yucateco que escribía sonetos. El hecho es que Oscar dijo que él y yo éramos buenos amigos, y que yo había recientemente concluido un libro de poemas, a lo que el también traductor de la Ilíada contestó que le gustaría conocer ese trabajo con miras a su posible inclusión en la colección “El ala del Tigre”, publicada por la UNAM.

Durante varios días, junto con Oscar y Carlos Illescas, pulí el poemario hasta darle su factura final. Lo titulé Licantra porque imaginé un libro gótico, lleno de resonancias de la hechicería, el ocultismo y la sabiduría hermética. Definido ese camino, lo demás fue simplemente mirar a mi alrededor y jugar con un simbolismo por demás sugerente (el libro, por ejemplo, abarca un ciclo lunar, pues comienza con la luna nueva y termina con la escena del bibliotecario que, en un arranque de lujuria, se suicida colgándose, utilizando unas medias que robó de un tendedero, en una noche de luna llena).

Cuando uno no es rico ni inteligente ni seductor ni guapo, sólo le queda el camino de ser poeta para entender lo que sucede al interior de las mujeres. La idea de la mujer como ciclo lunar, asociada con el ciclo menstrual y emocional, es una especie de principio perverso (en el sentido de diferente y no por la connotación moral que se le da hoy día al adjetivo) que nos habla de un mundo desconocido, misterioso, subversivo, seductor y dulcemente siniestro.

Lamento que ese pequeño libro esté agotado (los últimos cuatro ejemplares me los trajo de México la generosidad de José Ramón Enríquez), aunque también me sorprende que algunos jóvenes yucatecos hayan leído ese poemario con unos ojos inquietantemente agudos.

Nunca he hecho un poema erótico y no tengo previsto abordar ese tema, aunque estoy plenamente conciente que a nuestro mundo le hace falta el ejemplo de aquellos héroes que son capaces de morirse de lujuria; yo sólo escribo —casi como en defensa propia— y lo demás viene solo, cual si fuera un obsequio de las circunstancias.

A Licantra le debo muchas cosas lindas, como una mañana en el Cañón del Sumidero, en compañía de Óscar Oliva, uno de mis amigos más entrañables, o como el abrazo conmovido de Blanca Guerra, a quien alguien, erróneamente, le dijo que yo había hecho el libro para ella (el equívoco nació de una entrevista).

Que jóvenes como Karla Marrufo, Manuel Tejada, Manuel Iris, Tomás Ramos y algunos otros como Rodrigo Ordóñez, se acerquen a esa obra, me genera una sensación extraña de compromiso, miedo y satisfacción.

diacervera@gmail.com



Por esto!, jueves, 09 de abril de 2009.

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