miércoles, 22 de abril de 2009

La perdida urbanidad

Jorge Cortés Ancona

Vivimos tiempos en los cuales la urbanidad se ha vuelto, en los hechos, una práctica obsoleta si no es que desconocida, pronta a ser olvidada en aras del servilismo hipócrita, la ley del más fuerte y el recurso de “el que llegue primero, arrebata”. Aunque sólo sea por nostalgia de un ideal, vale la pena remontarse a los orígenes de estas costumbres que, con respiración artificial, mantenemos en nuestro tiempo.

Como señalaba Jacob Burckhardt en su libro La cultura del Renacimiento en Italia al hablar de las costumbres de varias ciudades italianas en los siglos XV y XVI, se procuraba un extremo cuidado en el lenguaje hablado y en el literario. El lenguaje, en el aspecto social, tenía un gran valor porque era el complemento de la conducta personal noble y distinguida, y obligaba a mantener una actitud digna frente a los demás.

Por ende eran de gran importancia las normas de trato social, así como la delicadeza y tacto en las relaciones interpersonales. De este modo, surgieron reuniones de sociedad en las que se platicaba, se tocaba música y se paseaba a caballo.

Un caballero renacentista debía saber danzar correctamente y, además, practicar deportes como la esgrima, la equitación, la gimnasia y la lucha (e igualmente las regatas, en el caso de Venecia). Es decir, deportes que ahora consideramos bélicos, pero que eran parte de una educación integral en los estratos altos de la época. También, era necesario saber idiomas (cuando menos latín e italiano) y entender de literatura y artes plásticas. De ser posible, era conveniente tocar algún instrumento musical con virtuosismo.

Durante el Renacimiento italiano se pretendía vivir una vida doméstica conscientemente, dentro de un sistema ordenado, con una economía muy desarrollada y una manera muy racional de construir las casas. Conforme a esto, estaba surgiendo la idea de confort, lo cual se refleja en el amplio mobiliario de esos tiempos con lechos cómodos y elásticos, alfombras blandas y refinadas, y útiles de tocador. Tenía mucho peso la idea del lujo.

La indumentaria procuraba ser bella y cómoda, vista como un complemento de la personalidad. El traje llegó a ser algo individual, al grado de que cada caballero llevaba su propia moda. Había mucha preocupación por la ropa limpia, por lo cual las partes blancas de la ropa eran la prueba más evidente de limpieza

En cuanto a la cosmética, había en general una excesiva limpieza del cuerpo, por lo que era común el aseo en seco, friccionando el cuerpo con telas perfumadas. A diferencia de la cosmética de las mujeres, la también cuidadosa cosmética masculina tenía fines sensuales y políticos por igual, y es curioso que hubiese cosméticos para acentuar discretamente las cicatrices de heridas valerosas o para disimular las provenientes de enfermedades venéreas.

Se trataba, en suma, de un intento por ser amable y agradable con los demás. Es cierto, que lo anteriormente señalado tiene su buen tanto de frivolidad y que correspondía, ante todo, a los estratos altos de las sociedades occidentales; pero la Modernidad que ya arrancaba y, las posteriores luchas sociales, habrían de permitir que estas condiciones se fueran haciendo extensivas a todas las clases sociales y estratos en distintas medidas. La disminución de las jornadas de trabajo y el logro de mejores niveles de vida fueron procurando una vida más llevadera.

Los retrocesos neoliberales y de la violencia tolerada por los poderes internacionales han ido haciendo reversible esta ideal urbanidad, que nos hacía más conscientes de nuestro entorno humano.


Por esto!, lunes, 20 de abril de 2009.

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