viernes, 17 de abril de 2009

La importancia de llamarse Pedro Infante




Por José Díaz Cervera


En el último tercio de los años sesentas del siglo pasado, muchas escuelas primarias del Distrito Federal adoptaron la modalidad de la entonces llamada escuela “mixta”, ante el horror de las buenas conciencias que consideraban impropio que niños y niñas convivieran en un mismo espacio educativo. Se habían cumplido diez años de la muerte de Pedro Infante, pero la televisión se encargaba afanosamente de perpetuar el mito, transmitiendo semanalmente las películas del ídolo de Guamúchil.

Fue así como muchos conocimos las canciones, los dramas, la forma de ver el mundo, las relaciones amorosas y una extraña noción de la solidaridad, mirando, entre comercial y comercial, la imagen de un hombre delgado aunque musculoso, no muy alto, no muy moreno, con un bigote discreto y el cabello negro y ondulado, que sabía cubrir sus carencias como intérprete con una simpatía arrolladora y sus inconsistencias actorales con papeles muy a modo, en melodramas y comedias efectistas a los que uno terminaba por entregarse como espectador.

Sin ser entonces un buen cantante ni un actor de primera línea (era discretamente desentonado —aunque no tanto como Vicente Fernández— y a veces no sabía qué hacer con sus brazos en algunas escenas), Pedro Infante se convirtió en uno de los grandes educadores sentimentales de este país, y de buena parte de América Latina, encarnando el rol de muchacho bueno, más pícaro que seductor y más hombre de bien que persona decente, a través del cual pudo condensar el universo de aspiraciones y fantasías de un conglomerado que todavía tenía un pie en el mundo rural y el otro en los nacientes enclaves urbanos.

Pensar en Pedro Infante siempre trae para mí el recuerdo de algunas compañeras del quinto grado de primaria, varias de las cuales tenían entre sus carpetas fotografías del ídolo muerto trágicamente; invariablemente, este recuerdo se asocia con el de algunos compañeros exitosos en el ejercicio de su galanura: todos ellos eran hablantines, escandalosos y fanfarrones, como muchos de los personajes encarnados por el creador de “Amorcito corazón”.

Más allá de estas cuestiones, están los otros aspectos de mito, particularmente el que tiene que ver con la probable supervivencia del héroe al accidente ocurrido en el sur de Mérida. Al respecto hay versiones diversas e inverosímiles como la de que, cansado de la fama y el asedio, Infante fingió su propia muerte para retirarse a la vida privada, lejos del oropel y las candilejas; otra, no menos interesante, tiene que ver con la especulación sobre una probable desfiguración del actor y cantante a causa del accidente, ante lo cual éste prefirió darse por muerto.



Hace algunos años, en Tehuacán, yo visité a un hombre que afirmaba ser Pedro Infante. En una casucha, ubicada en las afueras de la ciudad, ese hombre cobraba algunos pesos por platicar con quien quisiera visitarlo. Siempre en la penumbra —pues afirmaba estar desfigurado—, el hombre hablaba con una voz ronca de su desgracia, y durante algún tiempo se convirtió en una especie de atractivo turístico en esa ciudad.

Aun cuando las nuevas generaciones siguen viendo con algún interés las películas de Pedro Infante, y se dejan seducir por los melodramas y las situaciones tragicómicas de algunas cintas, el fenómeno mediático empieza a perder poderío y difícilmente podrá reciclarse después de cincuenta y dos años. No me imagino a Luis Miguel cantando “Amorcito corazón” ni a Kate del Castillo haciendo el chiflidito de “La Chorreada”.


diacervera@gmail.com




Por esto!, martes 14 de abril de 2009.

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