martes, 17 de febrero de 2009

Extensiones del delirio: un corto promocional


Por Juan E. Chávez Trava


Sucede que un jueves lluvioso llegas al Multicinema y compras un boleto para entrar a ver una película que te recomendaron. En el umbral de la sala 12 una sonriente chamacona encachuchada desprende por la línea punteada tu ticket e ingresas y eliges a tus anchas una butaca estelar. Mientras te apoltronas en el mullido asiento, apagas tu celular. Después las luces decrecen gradualmente hacia la oscuridad. Alguien tose delante, otro de más allá se aprieta los labios con el dedo índice, musitando shhh hasta que se derrama el haz del celuloide sobre la pantalla ¡Es tu parte favorita! Donde proyectan estrenos venideros.


Y la voz de un rudo locutor desata intriga: En un estado muy muy cercano… superponiéndose a imágenes de un tráiler orillado a media carretera por siniestros vehículos: al chofer lo balacean a la vera del monte… una ciudad es poseída por el vicio… la carga de veladoras Luz Eterna del tráiler no es lo que aparenta, encubre cincuenta kilos de cocaína: un sicario esnifa la mercancía con su llave maestra para probar… donde los tentáculos del hampa rifan. El close-up al polvo blanco satura, retumba en dolby surround la rola Hey Boy Hey Girl de The Chemical Brothers y admiras a una teibolera colorada serpenteando alrededor del tubo tornasol.


– Uay, esto está bueno– Piensas para ti. Pero el ronco locutor contraataca grave, precisando: Hay algo podrido en San Telmo. A la música electro-paranoica le otorgan decibeles cuando irrumpen al antro agentes judiciales que aprehenden a la ejecutante. La suciedad es profunda… rostros encendidos de cientos de campesinos congregándose para protestar afuera del Palacio de Gobierno… y la ceiba más ambiciosa enraíza cúpulas insospechadas. De Hombres de negro estrechándose las manos, corte a convoy de camionetas polarizadas. Corte a otro asesinato encubierto. Entonces afirma la tosca voz que no todo está perdido, es posible perder más.
Aceleradamente: la fachada de La Tarea Restaurante-bar en primer plano, luego avanza introduciéndose al sitio la lente, sorteando algarabía, meseros, chicas buena-onda encaramadas a tarimas y alegres borrachos alentándoles reclamos capilares, pero sigue de largo la toma rumbo al privado: se estaciona y el coro suspende la música: saluuud, saludcita. Chocan sus tragos como caifanes aullando a una luna de neón: Elías y Nico, investigadores de nota dura, relajando en lujuria nocturnina la pesadumbre. Vaciando botellas de hidalgos.


– Otra tanda, maricón– Clama Elías.
– A ver, tú, chino, mándame otra cubeta pero que estén más frías que las nalgas de una difunta– Pide Nico, luciendo su pecho velludo (algo canoso ya) estilo camisa-desabotonada.


La escena cambia. Un teléfono suena en las oficinas de prensa y el áspero timbre del narrador vuelve: Ahora, dos reporteros de un periódico local quedarán envueltos… la llamada es para Elías, un maquiavélico senador que desea filtrar información para perjudicar a un adversario político y le invita unos tacos en equis fonda retirada… por telarañas de poder… las pruebas cambian de manos, pero existe otro sobre. Para corroborar la cantidad Elías entra intempestivamente al baño: medio cañonazo. Efecto acústico de caja registradora bañada en monedas y la canción de Money de Pink Floyd inicia… en esta jungla de intereses.


Elías abraza con pasión a Sheila, una bailarina; la manosea y le mete la lengua entre los labios. Revisa documentos, desvelado: fraudes, latrocinio, desfalco, vínculos al crimen organizado y el narcotráfico. Ella es un demonio-felino que lo transporta directo al éxtasis. Elías asesta yemas dactilares al teclado, redacta su reporte. Parpadeas y Sheila contonea elipses. Por la rotativa desfilan escandalosos diarios. Afuera de la Procuraduría señoras popof arman barullo. Elías y Sheila ruedan frente a la verja del infierno, empañados en sudor: el sexo los vuelve animales felices, carne palpitante.


De nueva cuenta la garganta narradora truena: Inmiscuidos en la espiral del delito… atraviesan el hiperespacio Nico, Elías y el fotógrafo Ángel, hablándole de tú a semáforos carmesí… descenderán por un tobogán de corrupción hasta sus últimas consecuencias. En penumbras de separo unos oficiales muelen a madrazos un bulto gemebundo. El senador maquiavélico es aplaudido por militantes de su Partido. Torretas encendidas pintan el nerviosismo rojiazul. Desde un ángulo distinto, Nico pone los ojos en blanco exclamando ¡Ah, la Yurotsvo!


El soundtrack decrece conforme surgen cuadros en cámara lenta: occiso en el teatro del crimen, flanqueado por peritos que deliberan. Oyes al narrador advertir: Pero cuando la cloaca se destape… separa la edición de momentos un audio de cartuchos cortados: observas el desconcierto que provoca en Elías recibir anónima una tarjeta donde lo amenazan “te vigilamos de cerca”… nadie estará a salvo de la verdad. Luego un sicario cruza frente al edificio donde trabajan los reporteros y avienta tres granadas de fragmentación que detonan sucesivas, inflando una bola ígnea que causa estragos.


Conforme crece la explosión en slow comienzan los acordes del ¡Oh Fortuna! De la Carmina Burana.
– Osease que va lo mejor– Te frotas las manos y comes ansias porque para palomitas no te alcanza.
Otra llamada sorprende a Elías. Nico anuncia un trágico pésame – Mataron a Sheila.


Ocupa la pantalla una secuencia de instantes aleatorios pero álgidos, en carrusel frenético rumbo al clímax del movimiento: par de pistoleros adentro de un auto riñen y se disparan mientras el vehículo culebrea por periférico; encueratrices danzan sobre la pista; escamoteando solemne sesión del Cabildo de San Telmo se lían a trompadas los ediles, en torbellino de agresiones y heroico, para evitar que atropellaran a una indefensa regidora, Nico se lanza jalándola (y de paso le propina un manoseo galán, faje casi); Elías alucina por las calles; en la dirección general del periódico, Nico y el jefe planean el siguiente paso como en un ajedrez:


– ¿Corroboraste los datos?– Pregunta el director. Asiente Nico– Entonces escríbelo.


Encabezados incriminatorios en las esquinas, ocho columnas de resistencia; el Gobernador con guayabera de lino azul, en elegante despacho, aporrea su puño en el escritorio y ruge (hay en tal hecho ambigüedad, pues no se distingue a ciencia cierta si su rictus enardecido se debe a las crónicas incómodas o a embates de gastritis lacerante, cuando en realidad exige al secretario una pastilla de Ranitidina).


El narrador cuadrafónico: Rafael Gómez Chí presenta, una historia violenta… cimbran platillos metálicos y címbalos al broche apoteósico del fondo en tanto el film se llena de fosforescencias, vivos fuscia, limón e índigo… EL DELIRIO DE UN ALEBRIJE pronunciado y leído en tipografía surrealista. Próximamente. Véala en Technicolor.

1 comentario:

ROSELY dijo...

Que bueno que subiste la presentación que hiciste al libro de Gómez Chi y una felicitación, muy merecidos los aplausos que recibiste!!!

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