viernes, 20 de febrero de 2009

Del amor

Por Joaquín Peón Iñiguez


Me contaron que estabas enamorada de otro
y entonces me fui a mi cuarto
y escribí este artículo contra el Gobierno
por el que estoy preso.-

Ernesto Cardenal


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Todos los sábados va al mismo bar. Se sienta solo en la mesa más lejana a la tarima. Siempre lleva el mismo libro, lo asienta sobre la mesa, pero nunca lo abre. Está enamorado de la mesera. Le gustan sus ojos grandes, cafés, pero le gusta más como se le tensan los labios de estrés conforme van pasando las horas. No sabe si cuando besa lo hace con los labios apretados o si se suavizan, casi se diluyen, cobrando la consistencia de la miel. Siempre pide dos jarras de cerveza oscura y se va. Prefiere no hablar con ella, cree que el amor en su estado más puro es una ilusión.

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Son mejores amigos desde la infancia. A los quince descubrió que era gay, a los veintitrés se dio cuenta que lo amaba. Comenzó a escribirle cartas todos los días, si no lo hace no puede conciliar el sueño. A veces le dan las cuatro, cinco de la madrugada, los parpados se le cierran, las manos se arrastran por el teclado en vez de golpearlo, pero no encuentra una palabra y sin eso, aunque su cuerpo se duerma, su mente permanece en vela. Entonces prende un cigarro y sigue pensando. Lo recuerda hablándole de sus problemas con mujeres. Nunca le ha entregado una carta. Prefiere tenerlo cerca a perderlo, aunque punce.

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Llevan tres años de novios, hace dos meses ella se dio cuenta, él ha dejado de quererla. Sabe que quiere abandonarla, pero no se atreve porque la conoce, le preocupa su fragilidad, tiene miedo de lastimarla. A veces se siente tan triste, tan rota, que cuando llega a su casa se inca frente al escusado a vomitar.

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Él tiene setenta años, ella cuarenta y dos. Él le dio clases de Sociología del Arte en la universidad. Un día le dijo que el amor era un territorio que no se había terminado de descubrir y ella lo invito a tomar un café. Nunca tuvieron hijos. Cuando la ve salir desnuda de la regadera, sobre todo cuando camina desnuda hacia la cama y se recuesta mojada junto a él, todavía cree que es la mujer más hermosa del mundo.

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La conoció en una fiesta, ambos estudiaban literatura. Él le dijo que le gustaba Kundera y ella le respondió que era literatura cursi para hombres. Tenía un vestidito morado con flores amarillas, cuando cruzaba las piernas se alcanzaba a insinuar un calzón que parecía cortado de la misma tela. Esa noche se escaparon a un motel. Hicieron el amor tres veces, se reían a carcajadas, prendieron la televisión en un noticiero para no escuchar a los del cuarto de arriba. Ella se tuvo que marchar temprano porque tenía trabajo. Él se quedó tirado en la cama, no le importó que le cobraran un par de horas extra. Se dio cuenta que otra vez se había enamorado, el miedo era tan grande que no hubiera podido moverse, aunque hubiese querido.

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Todavía faltaban un par de horas para el amanecer, llevan toda la noche bebiendo y platicando en el malecón de Campeche. Él está acostado, mirando las estrellas, con una botella de ron casi vacía en la mano izquierda. Claro, no podrías querer a alguien que se ha humillado tanto por ti, –le dice él, más rendido que borracho, mientras el cigarro le da ritmo a la conversación— sabía desde el principio, el día que te dieras cuenta que de verdad te quería, ibas a perder interés. Así eres. No te dejas definir. ¿Todavía crees que poso? Me estás viendo en los huesos. No estás enamorada de mí como hombre, sino como idea. Eso no me sirve de un carajo. Soy real, me enfermo, tengo un cuerpo, ahora mismo me estoy cagando de frío. No sé porqué cuando estoy contigo, cuando te dejas ver, cuando te robo unas horas para tomar una cerveza o un café, me da por pensar en la inmensidad y reírme. Sólo contigo me puedo comunicar. ¿De qué hablas con él? ¿De cómo les fue en sus días? ¿El trabajo y esas cosas? Que joda, lo único que me consuela es que conmigo serías mucho mejor, crecerías y lo sabes. Pero eso tampoco nos sirve de un carajo ¿o sí? Quisiera poder lastimarte tanto como tú a mí, sólo eso podría tranquilizarme. -Se levanta, lanza el cigarro al aire y se queda viendo el horizonte como si fuera una carretera.- Creo que tengo dos almas. Una se está inflando, es hermosa, se alimenta de amor y literatura. La otra se está pudriendo, se arrastra, no tiene nada en que creer. Discúlpame Mariana, ya no sé ni lo que digo. Lo que pasa es que no me siento bien.

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