martes, 20 de enero de 2009

Guerrero en mi estudio


Por José Castillo Baeza


Catalogada como una “obra esperpéntica” en el folletín de información que se entrega a la entrada del teatro, Guerrero en mi estudio, obra escrita y dirigida por el maestro José Ramón Enríquez, montada en el marco del Festival de la Ciudad, es realmente un espejo que se apropia de diversas realidades para luego reflejarlas deformadas. Como es común en los textos del maestro Enríquez, el elemento concientizador aparece latiendo por debajo de la obra todo el tiempo.


La obra gira alrededor de tres grandes temas que son la historia, los límites entre la realidad y la ficción, y la figura del autor-escritor. Aunque con sus respectivos subtemas dada la complejidad del montaje, estos tres grandes ejes van tejiendo la trama que, a su vez, se bifurca en una telaraña que involucra al público, los personajes, los actores y el tiempo presente de nuestra realidad, ya que en numerosas ocasiones se derriba la llamada cuarta pared: “puede que haya aluxes debajo de sus lugares”, los actores son conscientes (y así lo manifiestan) de que representan entes de ficción: “Yo soy Pablo [Herrero] representando al falso Guerrero” y el público sabe que está enfundado en el papel de espectador: “¡explícaselo al público!”.


La obra comienza con un diálogo entre Zazil Ha (Socorro Loeza) y Gonzalo Guerrero —el auténtico— (Miguel Ángel Canto) en el cual este último manifiesta su temor por el regreso de Jerónimo de Aguilar acompañado por tropas españolas. Enseguida viene el cambio de escena y con él, un cambio de tiempo y espacio: don Alonso (Paco Marín), un escritor aparentemente no pleno de sus facultades mentales, encuentra en su estudio a Gonzalo Guerrero —el falso— (Pablo Herrero), escarbando el piso para encontrar los restos de sus hijos. Don Alonso no puede creer lo que está viendo y se pregunta si no será lo que están viendo sus ojos un engaño de los delirios que normalmente lo frecuentan; pronto se convencerá de que la aparición de un Gonzalo Guerrero falso es “real”.



Posteriormente la trama se enredará tanto, al grado de que, el espacio y el tiempo terminarán por ser meros agentes pasivos, provocando la sensación de que toda la acción ocurre en la cabeza de don Alonso, quien, frecuentado por las apariciones —al principio por el Guerrero falso y luego por el auténtico y Zazil Ha— recurre a su psiquiatra (Analie Gómez) para calmar los delirios. Ésta, fiel a su ciencia, no creerá en toda la obra las palabras de don Alonso.


Resulta interesante señalar los recursos escénicos que utiliza el maestro José Ramón para explotar la significación en la obra; por un lado, la proyección de video cumple una doble función: la de ser escenografía y a la de ser acción; en ocasiones enuncia algo que pasó pero que no fue representado, en otras es un factor que ayuda a la contextualización, y también representa a veces lo que pasa por la mente de los personajes. Otro recurso interesante es la mención de citas y autores, situación que se da en repetidas ocasiones a lo largo de la puesta en escena; así, desfilan desde Eugenio Aguirre (autor de la novela “Gonzalo Guerrero”), el dramaturgo Luigi Pirandello, los poetas españoles Gimferrer y Leopoldo Panero, Joaquín de Fiore, Cervantes, etc. También llama la atención la mención de nombres como Jacinto Canek y Cecilio Chi, así como la evocación de fragmentos del Popol Vuh recitados por los personajes en maya y en español. José Ramón entonces, además de poner sus fuentes al desnudo, dialoga con personajes históricos, obras, autores, frases y versos, factor que abre la obra a un universo de significado.


En la parte final, los Gonzalo Guerrero, Zazil Ha y don Alonso (cuyo “delirio” va aumentando conforme transcurre la puesta en escena, hecho que resulta una clara alusión al Quijote) entablan un diálogo que engloba los tres grandes temas del montaje: “Estamos en el teatro y alguien nos actúa sin saber para qué”, “todos somos falsos”, “estás solo en tu propio laberinto. Yo soy sólo un reflejo de ti mismo”.


Por último, hay que resaltar que la obra da la sensación de extenderse demasiado y de redundar en la trama; uno, como espectador, comienza a cansarse en la parte final. Nosotros interpretamos esto como un recurso más del director, pues mientras más avanza la locura de don Alonso, la trama se vuelve más caótica, por lo que entonces, cansar al espectador, desesperarlo, podría ser un recurso más del maestro José Ramón Enríquez. Así lo justifican frases como “Tienes que ser ridículo, es fundamental para el final de la historia” o “esta es una obra anticlimática”. Así, tanto el espectador como el personaje se degradan bajo el reflejo del esperpento, que en su papel de espejo desnuda nuestra estúpida actitud de negación ante la Historia.




Por esto!, lunes 19 de enero de 2009.

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