domingo, 1 de noviembre de 2009

Corazón tan blanco

Por José Castillo Baeza

¿Qué es lo que se esconde en la intimidad de un matrimonio? ¿Qué sucede con los secretos que se guardan, con lo que se dice y se mezcla con las cosas del mundo? ¿A dónde van a parar las palabras, los gestos y los silencios que se dicen en una cama y cómo repercuten en las personas que están más allá de esas cuatro paredes, donde dos seres inundan de sí mismos el espacio?


Javier Marías (1951) pone en juego estas interrogantes en su novela Corazón tan blanco, en la que, a través de una narración hipnótica que a menudo se interrumpe por numerosas pausas digresivas y reflexivas, el personaje que cuenta la historia —adulto joven, intérprete y traductor español— va configurando una realidad filtrada a través de sus ojos.

Así, el mundo percibido por Juan (el narrador) es el de las relaciones humanas, sobre todo el de las relaciones de pareja. Su joven matrimonio con Luisa ha detonado en él una serie de elucubraciones que lo han llevado a recordar algunos hechos del pasado —concretamente su luna de miel— de donde partirá el argumento de la novela que empieza con la enunciación de la misteriosa muerte de Teresa, tía de él y esposa de su padre.

Para Javier Marías, la lengua y el oído son los encargados de mover los engranajes de la realidad, de aquí entonces que cobre importancia la figura del intérprete encarnada en el personaje-narrador, pues todas las divagaciones que inundan el texto, se originan a partir de las interpretaciones y conjeturas que él hace de lo que escucha u observa. Todo esto encuentra su eje en el significado que tiene para el narrador el acto de contar: “besar o matar a alguien son cosas tal vez opuestas, pero contar el beso y contar la muerte asimila y asocia de inmediato ambas cosas, establece una analogía”.

Interesante resulta, además, las referencias constantes que se hacen a la tragedia de Shakespeare, Macbeth. A lo largo de la novela se repiten frases tomadas de la obra teatral (I have done the deed) de la que incluso el texto de Marías toma el título: “…pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”. Esta alusión a la traición, la idea de que siempre cualquier acto humano está precedido por una palabra o una instigación que puede repercutir, según Juan, en cualquier parte del mundo, constituye otro de los motivos que detonan el argumento de la novela de Javier Marías. Él mismo, en una entrevista que le hizo Antonio Lozano en 2007, dijo: “Lo que me produce mucha angustia es la facilidad con la que todos nos vamos de la lengua, sin pensar en lo que son capaces de desencadenar esas palabras por sí mismas o por las ideas que pueden alumbrar. La tentación de contar es muy fuerte y se vence muy fácilmente: cayendo en ella o evitándola”.

Así, la mayoría de las acciones narrativas suceden alrededor del personaje, quien se vuelve una especie de cronista que registra los hechos mezclados con su reflexión. Y mientras todo sucede “fuera” de él, el otro plano, el de sus divagaciones, va insinuando sutilmente la idea del paso del tiempo en el individuo (teniendo como telón de fondo la tragedia de Shakespeare no es difícil asociar esta idea con la del destino trágico).

El punto climático de la novela (si es que lo tiene) conjuga los dos planos que se han venido tejiendo a lo largo del texto: la narración y la divagación. Mientras Juan escucha detrás de una puerta la charla de su esposa y su padre, él va “interpretando” todo lo que se va diciendo, a la vez que va haciendo referencia a todo lo que se contó a lo largo de la novela.

Al final no pasa mucho con Juan (la trama en realidad gira alrededor del protagonista), y precisamente por ello, el efecto es golpeador, puesto que el futuro ambiguo aparece como una especie de epílogo, y el lector no puede dejar de preguntarse: ¿Qué gesto, qué palabra, qué insinuación detonarán un mañana fuera de mi voluntad?

Por esto!, viernes 30 de octubre de 2009.

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