jueves, 9 de octubre de 2008

INTRUSO EN EL VAGÓN DE CARGA


INTRUSO EN EL VAGÓN DE CARGA


Rafael Gutiérrez Esquivel.[1]



Acto 1


En el Conservatorio, mientras tocaba la Sinfónica Juvenil, alguien, distraídamente, me proporcionó Diario de un escribiente. Recién casi acababa de regresar de Mérida, Yucatán, un adolescente apenas. El clima político y social guatemalteco se agitaba amenazadoramente y ya el cielo comenzaba a espesarse de gruesos goterones de sangre. Panzós había puesto años atrás al descubierto, otra vez, que la máquina del terror estatal estaba de nuevo activa. La muerte violenta de estudiantes, activistas, universitarios, intelectuales cubría las páginas de los diarios, y las calles y cunetas se llenaban, a montones, de cadáveres. Era junio pues las lluvias cubrían de motas brillantes las hojas de los árboles y adentro, en algún resquicio de mi conciencia, ya la indignación, el asco y el coraje comenzaban a sedimentarse y buscar alguna pared, un poema, una marcha, una organización, un arma cómo expresarse. Artículos memorables de Diario de un Escribiente me ayudaron a reconocer y sedimentar dolorosamente esta llaga que es el país. Una noche, a finales de los 70, me enteré de la despedida de Manuel José Arce, debió ser un acto público porque tuvo lugar en la Univesidad Popular Ya los escuadrones de la muerte andaban tras el poeta y más que una manifestación pública aquel acto revestía un carácter de convocatoria clandestina.


Llegué y al entrar aquello era un hervidero de gente y la zozobra y la temeridad gravitaban como una hoguera en el aire enrarecido del teatro. Sin conocer a nadie personalmente reconocí sin embargo a algunas gentes, Margarita Carrera, Hugo Carrillo y a una señora en silla de ruedas, años después sabría que era Leonor Paz y Paz, hermana del inolvidable Seco, y que estrujaba un clavel rojo entre sus manos. Arriba reconocí a un señor de porte bíblico, José Calderón, que escribía justamente textos de un generoso y profundo humanismo cristiano, junto a él, a la izquierda o derecha, no recuerdo, estaba Manuel José Arce, fumando incesantemente cigarrillo tras cigarrillo creo que todavía con boquilla. Vestía elegantemente, casi como un dandy, y rezumaba ingenio y poesía por las volutas de humo que expelía entre una frase y otra.


Fue todo muy tenso y jubiloso a un tiempo, la verdad. Por momentos brotaba la tristeza que moja las despedidas entrañables, pero también resonaba una suerte de clamor colectivo como de concentración política. En un momento, todos nos levantamos, claveles en mano, y yo miré que ese hombre maduro, de pelo entrecano y algo ralo sonreía y lloraba a un tiempo.


Una despedida para siempre, lo supimos después.


Afuera los convoyes con metralletas y los carros polarizados erizaban las calles y todos salimos apresuradamente y nos dispersamos como pudimos en la noche guatemalteca.



Acto 2


El proceso de revaloración crítica, sabemos, es fundamental en el ámbito de las ideologías estéticas. La permanencia o relevo de las obras literarias responde justamente a este proceso de balance que un sector del aparato crítico o las generaciones lectoras realizan de vez en vez. Es, por decirlo de algún modo, el proceso que apuntala toda tradición literaria. Así, por adición o supresión, cada época o generación va construyendo su ideología estética. Sin embargo, en un país como el nuestro, donde no se ejercita el proceso de la revaloración, vivimos de una tradición casi inexistente, endeble, yerma. En el plano de las ediciones, pero principalmente reediciones, esto trae consigo efectos paralizadores en el proceso de la producción y recepción del discurso literario. O, cuando menos contribuye, como diría Pelligrini, al confusionismo general. De ahí que muchos jóvenes escritores escriban a lo "viejo", apelando a discursos vetustos y apolillados, o bien escritores respetables, de esos que la aldea letrada consigna como consagrados, en su afán de mantenerse digamos literariamente en forma, descubran "propuestas formales" cuyo registro es ya norma o arqueología y no hallazgo o renovación.


En otras palabras: cuando el poeta novísimo despertó, la tradición ya estaba allí.


Tal, pues, el desconocimiento existente en nuestra historia literaria guatemalteca.


De ahí la importancia de las reediciones literarias. Obras esenciales que aún mantienen inextinguible la chispa de su voltaje estético permanecen por ahí, casi anónimas, casi inéditas, esperando, como suele a veces ocurrir, que un nuevo lector las redescubra y revalore dos, tres o cuatro décadas después. De ahí la importancia del proceso de revaloración crítica y lectural que, si no tiene lugar ni fomento en el ámbito institucional, pudiese al menos estar operando en las coordenadas del circuito editorial privado, alternativo. La persistencia o erosión de un texto literario, fruto del incesante fluir histórico y de la dinámica cultural que dicho fenómeno comporta, pasa por una puesta a prueba de los valores estéticos de la escritura que entrarán o no en rotación según sea la potencial capacidad expansiva de la cual sean portadores.


La obra literaria no es una materia etérea, inerte o fantasmagórica, sino que es, casi, como un organismo vivo que bulle y gravita sobre la realidad social y se nutre de la lectura de seres humanos concretos y vivientes que la incorporan a su acervo o a su visión del mundo cuando su capacidad de diálogo mantiene aún su frescura y vitalidad. O bien la rechazan tal como se hace con un artefacto inútil, herrumbroso y poco atractivo: un vagón cuya carga no discurre en dirección a prometedoras aventuras posibles.


Valgan estas consideraciones, acaso ociosas pero portadoras de una intencionalidad honesta a propósito de la reedición de esta obra literaria, fundamental (y fundacional) en el plano de la renovación poética de nuestras letras. Considerado como uno de los mayores poetas guatemaltecos, es justamente con esta obra, que en 1969 mereció el primer lugar en los Juegos Florales de Quetzaltenango, como Arce incursiona en modalidades expresivas y temáticas en consonancia con los discursos literarios más rupturales y vanguardistas en el ámbito latinoamericano.


Si otro poeta, Roberto Obregón, enriquece y dinamiza por esos años la poesía guatemalteca abriendo cauces renovadores dentro del filón revolucionario con la publicación de su poemario El fuego perdido, semejante función cumplirán Los episodios del vagón de carga apelando a registros procedentes de la anti-poesía. (Arce es acaso más radical pues, a modo de subtítulo, bautiza su poemario como anti-pop-emas, reflejando así una apropiación creativa de la contracultura pop vigente a finales de los 60. Cabe decir que en ese dispositivo circular inducido mercadológicamente o resultado de incontroladas encrucijadas históricas o de la concurrencia de ambas instancias— a modo de la célebre serpiente que se muerde la cola— mucho del imaginario cultural presente en dicho texto se ha revigenciado hoy con la emergencia retro y nostalgiosa del movimiento pop y hasta beat.


Excepcional síntesis de lo social e intimista, de la tradición y ruptura, lo lúdico y metafísico, lo lírico y lo prosaico, pleno de humor, irreverencia e ironía, este libro constituye un aporte columnar a la producción poética guatemalteca.


Publicado en 1971 y reeditado hoy por Editorial Piedra Santa 37 años después, esta singular colección de poemas se ubica dentro de una tendencia escritural cuya contemporaneidad, decíamos, es de tan largo alcance que hasta hoy conmueve y satisface un exigente acto de lectura del presente.


Ciertamente al filo de los 70 las vanguardias habían de algún modo devenido tradición, pero la importancia, como en toda producción artística que se autorrespete, se sabe, radica justamente en la reformulación y apropiación creadora e ingeniosa de los códigos y convenciones existentes. Porque ya se ha dicho es menester repetirlo: es éste un modo de ver y de expresarse que no se circunscribe además a una época limitada. Procedimientos tocados por ese espíritu, aun los de otro origen, han pasado a formar parte del repertorio artístico permanente.


Los episodios del vagón de carga nos conducen, como espacio de despegue y anclaje, a un territorio temática y formalmente minado de paradojas, collages, contradicciones, hibridaciones, experimentaciones lingüísticas y retóricas clásicas. El tren mismo es, para Guatemala, a un tiempo símbolo de progreso y atraso, de dolor y esperanza, de explotación transnacional y revolución reformista: ÒY cuando Jacobo Árbenz lo nacionaliza, deviene símbolo de una modernidad imposible. Ese futuro que no habría de llegar—, señala Emiliano Valdés a propósito de los vagones del artista visual guatemalteco, Igal Permuth. De ahí que Los episodios, además de su estructura y orientación francamente cinematográfica— recurso propio del pop art— en cuyo equipaje de carga viajan celuloides de western, terror, suspense y melodramas, no sean acaso sino también una metáfora del país, confinado a la zaga, al vagón último del atraso, la represión, el oprobio, la dominación. Los encomenderos, los señores del banano y el café en el confort y refinamiento de primera clase, desde luego, el resto, la población agreste y su fuerza de trabajo, al fondo, junto a las bestias, hierbajos y estiércol. Y más atrás aún, allí donde sopla la gélida tolvanera del riesgo y el coraje, aferrado como halcón o molusco al vacío, ese tipo necio y funambulesco, ese incómodo personaje de mirada funeraria, ese mismo, sí señor, el poeta y sus poemas, marginal entre todos los marginales de la Tierra.


Pese a su componente dialéctico, a su juego de oposiciones, o quizá gracias a él, los anti-pop-emas constituyen un espacio donde el hecho tanto textual como no textual que los configuran remite a una porosa multiplicidad de recursos expresivos y temáticos donde, señalábamos, a modo de un inagotable y potente surtidor vamos asistiendo, deslumbrados frente a las grandes letras intermitentes de neón multicolor instaladas en la marquesina, a la exhibición que tendrá lugar sobre el escenario de la página inicial: "Todo esto que sucede en blanco y negro/ lo ha captado una cámara que funciona al compás de cómo vivo// La música de fondo si no es mía:/ no sé donde la oí/ De alguna parte me la habré robado.// Actuación especial:/ la de sus labios,/ la de mi almohada/ y la de la premura./ Hay un sinfìn de extras detestables./ Por lo demás,/ derechos registrados/ y cualquier parecido es pura coincidencia".


Y así ingresamos hoy, ahora sí con butaca mullida, aire acondicionado y sonido surround, a un espectáculo de lectura donde lo imposible será (y es) posible por obra y gracia de esa "inefable mentira del arte" (Sabina) y también, por qué no, por esa "nefasta mentira de la política" (otra vez Sabina).Y de la mano de legendarios héroes y antihéroes, todos ellos portadores, digamos, de sus respectivos valores y antivalores veremos desfilar divertidos y joliwudescos títulos tales como "La mujer más bella del mundo", "Tras la torva sonrisa del villano", "Masacre en el dormitorio", "Frankestein se queja", "La hora que hizo temblar el mundo" y demás.


Efectivamente, Manuel José Arce y sus Episodios del vagón de carga constituyen una piedra de toque, un punto de inflexión respecto a una tradición poética caracterizada por una obediencia a las convenciones, códigos y normas prevalecientes hasta ese momento. Es justamente este rasgo constitutivo de su poesía, de suyo rupturante y antisolemne, antirretórico y anticonvencional, que instrumentalmente apela a poéticas (más bien antipoéticas: la antipoesía y la poesía conversacional) en función de articular un texto poético que permita estructurar su proyecto desacralizador. A decir verdad, salvo algunas diferencias tonales, tanto la antipoesía como la poesía conversacional forman parte de un mismo fenómeno. Ambas tendencias revelaron por igual, en su momento, una reacción frontal contra una poesía plagada de exageraciones y poses de estilo, manías de forma, ahogada en preceptivas y morales costumbreras y mojigatas a la postre desgastadas y agónicas y a la cual había que restituirle su humanidad perdida, su sencillez cotidiana, ese tono de conversación a través del cual se expresa, con franqueza y en mangas de camisa de paca, el hombre de la calle, el ser humano común y silvestre. La negación de un canon clásico y un vocabulario poético seriado, sustituyéndolo por un lenguaje de carácter coloquial, dio lugar a la aparición de ambas modalidades. "Así, pues, los flagrantes o encubiertos excedentes del romanticismo y del modernismo se liquidan, después de Nicanor Parra, a precios muy bajos", escribe el poeta Enrique Lihn. Y las "marinerías, mineralidades, vegetalismos y cosmonautadas" de Neruda pues también se van por las cañerías rotas en medio de una humazón, esquirlas y escombros tras el tupido asedio antipoético, agregamos nosotros, pues la antipoesía es asimismo una reacción antineruda. No hay de otra. Arce lo ilustra así en "Tras la torva sonrisa del villano": "(....) Por ti quiero decir lo que platico,/ lo que me pienso,/lo que en ti me vivo./ Sin que tus pechos sean amapolas,/ ni tus labios perlas, ni tus dientes corales./ Sin que la gana ni el amor se vuelvan/ marinerías,/ mineralidades,/ vegetalismos/ ni cosmonautadas".


Y por esta ruta llegamos, zarandeados pero contentos a bordo del vagón de carga, a uno de sus temas, o mejor, a su gran tema central: el amor. El amor solidario al prójimo, sí, pero sin duda más a la prójima como acto de carnalidad gozosa y sufriente entre varón y hembra, como espacio deseado y deseante de colisión de cuerpos, campo de batalla, arsmisticio y desarme donde merced a su fuerza transformadora y regeneratriz todo frutece límpido, ajeno y distante del hoyo de la muerte. Cabe convenir que es ésta la línea temática que atraviesa recurrentemente esta colección poética y tangencialmente aquella, la del amor al prójimo ultrajado, perseguido y explotado. Referencialmente es en el contexto sociohistórico del inicio de estas dos décadas (1960-1970), durante el cual tienen lugar los dos ciclos de la insurgencia armada guatemalteca con su respuesta de brutalidad y represión en el marco de la política de terror de Estado, en el que Manuel José Arce escribe lo mejor de su obra poética, incluida la del género dramático y periodístico, este último signado a tramos por una orientación lírica.


A estas alturas (o abismos) se dispara entonces una interrogante, largamente agazapada como una liebre que, siendo liebre, pareciera gato: ¿Por qué diablos merodean ahí insertos en el campo minado del discurso antipoético un puñado de décimas y un soneto extraídos endecasílabamente del Renacimiento y de la más pura cantera del Siglo de Oro de 24 quilates? A modo de apertura retro al pasado, acaso, a la maestría versificadora de Arce en el arte de la gaya ciencia, quizá, al deliberado golpe sorpresivo y hasta paródico, de repente, al juego oposicional o a las paradojas discursivas del poemario, tal vez.


Anuncia así sorpresivamente la página 56: "El tema del amor—intermedio—".Pues bien: nada hay más que agregar al respecto: se trata, cabalmente, del intermedio: el vagón de carga espera.



Acto 3


Trabajaba, 86 acaso 87, en un semanario cultural donde a fuerza de trompicones, junto a algunas gentes indeseables, trataba de asignarle a sus páginas un carácter desenfadado y corajudo. Un día, a través de un amigo, Héctor Camargo, ex compañero de estudios en la Facultad de Humanidades de la USAC y quien a la sazón vivía en París, una organización de solidaridad con Guatemala, me hizo llegar una colección de poemas. No sin oposición y reticencia, se publicaron aquellos versos en un espacio privilegiado. Al rato, no faltaba más, vino la orden fulminante del Ministerio de Gobernación o de la Defensa o de la Policía o del Ejército, en fin, de que nos echaran a todos a la calle. ¿Los poemas?: La hora de la siembra. ¿Su contenido?: declaradamente anti-militarista. ¿Su autor?: Manuel José Arce.




1.- Prólogo escrito por su autor a: Manuel José Arce. Episodios del Vagón de carga. Editorial Piedra Santa. Guatemala. 2008. Rafael Gutiérrez Esquivel, es un poeta y narrador guatemalteco que vivió y estudió en Mérida en los años sesenta y setenta, debido a que sus padres y hermanos estaban exiliados en este país. Dejó en Mérida amigos entrañables que lo recuerdan como un compañero siempre talentoso y dispuesto a tomar parte en las mejores causas. En la actualidad dirige la Revista de la Universidad de San Carlos en Guatemala, donde ha publicado varios libros, entre los que destaca: Me llamo Ezequiel Martínez Urízar, revolucionario de pura cepa para servirle a usted.

No hay comentarios:

Related Posts with Thumbnails

Eventos de la Red Literaria del Sureste

Eventos de la Red Literaria del Sureste
Presentación de la Revista "Arenas Blancas"

En un peldaño cualquiera de la noche

En un peldaño cualquiera de la noche
Manuel J. Tejada, José Díaz Cervera y Agustín Abreu

Sin lugar para la ternura... Día mundial de la poesía

Sin lugar para la ternura... Día mundial de la poesía
José Ramón Enríquez, José Díaz Cervera, Óscar Oliva, María Ella Gómez Rivero y Jorge Cortés Ancona

Presentación de "La continuación. Esbozo novelesco de la ruptura"

Presentación de "La continuación. Esbozo novelesco de la ruptura"
Joaquín Peón Iñiguez, el autor Juan Esteban Chávez Trava y la Mtra. Celia Rosado durante la presentación de la novela en el Centro Cultural "José Martí" en diciembre de 2008

Repensando la academia

Repensando la academia
Miércoles 26 de noviembre, de 2008

Recital de poesía

Recital de poesía

Homenaje a Salvador Elizondo

Homenaje a Salvador Elizondo
Joaquín Peón, Manuel Iris y Ragel Santana en "La Periferia"

Conferencias literarias

Conferencias literarias
Manuel Iris Herrera en la Biblioteca "Manuel Cepeda Peraza"

Presentación de libro

Presentación de libro
El poeta Jesús J. Barquet durante lectura en voz alta

Jornadas en homenaje a Edgarar Allan Poe

Jornadas en homenaje a Edgarar Allan Poe
Ricarto Tatto, Miguel Ángel Civeira, Jorge Cortés Ancona y Rafael Gómez Chi

José Ramón Enríquez

José Castillo Baeza

Colectivo Marsias

Raúl Pérez Navarrete

Noche de Poesia en la Casa de la Cultura

Noche de Poesia en la Casa de la Cultura
Marco Antonio Rodríguez Murillo, Patricia Garfias y Tomás Ramos Rodríguez

Mesa homenaje a Carlos Moreno Medina

Mesa homenaje a Carlos Moreno Medina
Jorge Cortés Ancona, Rodrigo Ordóñez Sosa y Marco Antonio Rodríguez Murillo

De la vida cotidiana para contar...

De la vida cotidiana para contar...
Jorge Luis Canché Escamilla

La Red...

Homenaje a José Martí

Homenaje a José Martí
Ofrenda floral

Entre amigos...

Rodrigo Ordóñez, Manuel Tejada y Tomás Ramos

En los eventos...

Jornadas en torno a los 5 heroes cubanos

Rosely Quijano León