martes, 5 de agosto de 2008

Del arte colonial


Una de las historias más ilustrativas en la historia del arte es la que se genera en nuestras tierras luego de la llegada de los españoles. Empezando por el trasplante de nuevos materiales, técnicas, temas, símbolos y normas, que serán reinterpretados y apropiados, cuando no son asumidos con sumisión por la fuerza de las circunstancias.

Durante mucho tiempo, el arte colonial no fue tomado en cuenta en el propio México. El siglo XIX lo ignoró, salvo algunas excepciones como la de nuestro primer historiador de ese periodo que es José Bernardo Couto. En buena parte del siglo XX se le juzgó con criterios comparativos respecto a Europa, considerando los estilos y modas de ésta como un canon; en cuanto a ello, es necesario indicar que las obras novohispanas no necesariamente constituyen un empeoramiento de lo que se hacía en dicho continente, sino algo distinto. Pero en nuestros investigadores, los criterios meramente estéticos e histórico-artísticos prevalecían sobre los sociológicos, histórico-culturales y, para más claridad, sobre lo que correspondería a un concepto más amplio de lo que es arte y que es el que ahora empleamos.
De esta manera, se ha visto que los supuestos “retrasos” en cuanto a composiciones y símbolos que se habían dejado de emplear en Europa, pero que en México eran comunes, no significan más que una adecuación de los pintores y escultores a un contexto distinto. También, se ha estudiado el hecho de que se generaron otros procedimientos para recrear las formas y los modelos, con resultados que no corresponden a los de las regiones hegemónicas del arte.
El arte colonial comprende hibridismos como el de los códices que empezaron a incluir el alfabeto latino para expresar las lenguas indígenas. También el empleo de técnicas ancestrales como la plumaria para elaborar cuadros, ya sea cubriendo la superficie por completo o en una técnica mixta. O bien, la incorporación de técnicas orientales como los enconchados, a base de concha nácar sobre la pintura.
También figura la hibridación de técnicas escultóricas indígenas que incluían símbolos de las culturas autóctonas o que no se sujetaban a los cánones de la escultura de los mismos tiempos en Europa occidental. Para un historiador del arte, de cuarenta años para atrás, esas obras carecían de mayor interés que el meramente histórico y arqueológico. Para nosotros son una fuente imprescindible de elementos culturales de gran significado.
Llama la atención que muchas de las hibridaciones de lo indígena y lo español se hayan dado cuando el poder español se había consolidado y tenía mayores avances en su destrucción cultural del mundo prehispánico. Relajamiento del poder quizá, o tal vez inadvertencia o menosprecio. Tal vez sea algo parangonable con la presencia de elementos del arte musulmán, como se ve en la portada mudéjar de la iglesia de Angahuan, Michoacán, y en otros lugares del país.
El arte colonial novohispano –como el de toda Latinoamérica— tiene una riqueza apreciable en todos los aspectos que se consideren. Las tareas de restauración que se están haciendo en cuadros, retablos, esculturas, objetos domésticos, iglesias, nos están aportando más elementos para estar conscientes acerca de toda una etapa indebidamente oscurecida por los prejuicios jacobinos.
Es cierto que hay demasiada Iglesia en este arte, pero con toda una cantidad de variaciones, fructíferos deslices y encubrimientos que la hacen altamente digna de ser admirada y analizada. Y no debemos descartar toda la parte civil, sobre todo la que deja ver los aspectos populares de la sociedad de cada uno de los tres siglos que duró ese período de nuestra historia.

1 comentario:

ROSELY dijo...

Me gustó mucho su artículo, en especial porque imparto la materia de historia del arte, pero aún me estoy iniciando en el tema y estoy en busca de bibliografía; le agradecería si tuviera imágenes me las enviara.

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