lunes, 7 de julio de 2008

Si me han de matar mañana


Manuel J. Tejada Loría.



Roque Peralta era empleado del Ayuntamiento, encorvado, flaco según cuenta Rafael. Y los villistas habían estado combatiendo en la población desde hacía horas, qué digo horas, día enteros con las carabinas siempre apuntando, “al que se mueva un plomazo”. Por tanto, todos estaban escondidos, nada en el pueblo tenía las puertas abiertas, casas y comercios cerrados, el miedo pululando en todos los rincones: era la revolución.

Y Peralta, el buen Peralta no se atrevía ni siquiera a mirar por la ventana, ni siquiera a asomar su nariz puntiaguda por entre la puerta. Tenía razones de sobra para permanecer encerrado con su mujer y la hija tiritando porque los gritos y las balas que bang, bang, no dejaban de sonar; y hasta de pronto el funcionario municipal saltaba en su propia silla o sobre la cama cuando los gritos irrumpían después de un prolongado silencio porque pensaba que ahora sí, ya alguien lo había señalado.

A cuántas personas, entre campesinos y comerciantes no les hizo la vida imposible. Como empleado de la tesorería municipal operó a su antojo sin el mínimo recato, sin el mínimo pudor de quien en vez de ofrecer un servicio digno, todo lo contrario, sirviéndose siempre a conveniencia, ganándose a pulso la enemistad.

Así que razones habían de más para permanecer allí encerrado entre las cuatro paredes de su pequeña casa, días enteros con el miedo respirándole a la conciencia, con la certeza de que cualquiera iba a recordarlo en el momento menos oportuno y los villistas llegarían a hacer justicia de propia mano en nombre del pueblo.

Pero el hambre, la falta de pan y los días que no dejan de pasar. “Sal y pimienta a puños”, es todo lo que hay para comer, dice su esposa, quien desesperada azuza al marido para que haga algo, las tripas chillan, y esas, no toleran tanto.

Y por más que Roque Peralta intenta explicarle que de poner un pie en la calle su vida correría peligro, la mujer le reprocha a gritos –siempre así ha sido- que no sea tan holgazán y miedoso, que la niña al menos, tiene que comer.

Antes de que el menguado hombre pudiera contestar, un irreverente ruido que se cuela por los resquicios de la casa. Roque Peralta se tira al piso, con el corazón saliéndole por la boca, pero nada, el barullo es afuera, algo sucede.

Eran hombres y mujeres decididos: “tenemos hambre”, proferían, y con un mazo derribaron las puertas de un comercio en la esquina de donde comenzaron a sustraer granos, carne seca, quesos y cebollas. Pero, entonces, los villistas llegaron con los balazos por delante a meter orden, “aquí no robamos más que nosotros”, gritaron y la estampida.

Todo lo veía la mujer de Roque Peralta desde el postigo, todo con la boca hecha aguas de ver los chorizos colgando de los fugitivos, los jamones que más de uno abrazaba mientras los villistas seguían repartiendo balazos a discreción. Una bala perdida alcanzó a un hombre de overol que entre brazos llevaba piezas de queso y carne, y frente a la casa de Peralta justamente, a los ojos de la mujer, cayó fulminado.

La oportunidad perfecta, un trozo de queso y carne, ensangrentados, pero alimentos a fin de cuentas. Y que la mujer le dice a su marido que vaya por ellos, que la hija no los está viendo. Y Peralta, aún con los tanates acuartelados en su garganta, sale mejor por la comida que peor le irá con su mujer de negarse a hacerlo. Entonces, el festín.

Siguieron un rato más las tronaderas de los villistas, pero ya está el funcionario municipal presidiendo la mesa, su esposa a un lado, la pequeña hija al otro. Los dos padres degustan ávidamente la carnita y el quesito guisados a vapor, sal y pimienta. Todos comen menos la niña. “¿Qué no te gusta el caldillo?”, pregunta la mujer ansiosa. “Sí, mamá, sí me gusta... pero ahora sabe a muerto” contesta. Todos callan. Ya nadie dice nada.

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El relato original apareció en el libro de cuentos de Rafael F. Muñoz Si me han de matar mañana, editorial Botas, en 1933 con el título “El festín”. Puede consultarse también en Relatos de la Revolución mexicana, Planeta/Conaculta, México, 2002.

Por Esto! 7 de julio de 2008.


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