martes, 22 de julio de 2008

Plaza Dorada

Por José Díaz Cervera





La ciudad densa y concentrada empieza a desbordarse y se recompone en la periferia, donde los fraccionamientos, las zonas residenciales, los campus universitarios y las plazas comerciales configuran un nuevo paisaje donde se edifican nuevas maneras de segregación. Es un orden que tiende a reproducir en un nivel mucho más sutil las diferencias de clase, pero sobre todo a legitimar su asimetría. Los nuevos espacios sirven para la defensa de los privilegios de unos pocos que, en el fondo, son los mismos que sustentan un poder arcaico. Es un orden sin organicidad ya que su confección no supone una integración de la colectividad, sino el designio de unos cuantos que velan celosamente por sus intereses, explotando nuestras incapacidades colectivas.




Construir la distancia física, pero sobre todo la distancia simbólica entre dos mundos, es la razón de ser de las llamadas plazas comerciales. En ellas la continuidad y la simetría construyen el escenario donde transcurre el consumo, pero sobre todo, el paradigma del confort en el que quedan debidamente domesticadas nuestras aspiraciones.Las plazas funcionan como auténticos paraísos del consumo; en ellas todo es encantador y su mejor truco radica en la desaparición de la escala cotidiana; en una plaza todo es brillante, todo huele bien y cada cosa está en su sitio. El orden de la plaza desalienta por sí solo a quien no cabe en ella.




El concepto de comercialización de las plazas parte de un principio simple: una tienda-ancla (básicamente de auto-servicio), un almacén departamental, cines, algún restaurante o cafetería perteneciente a alguna cadena nacional o transnacional, algunos bancos y muchos establecimientos de la más diversa índole. Bajo un esquema más o menos similar, se estableció, al poniente de la ciudad, en una zona clasemediera, una de las primeras plazas comerciales de Mérida: Plaza Dorada. Cercana al enclave de Pensiones, donde se instauró una colonia de trabajadores del gobierno tanto estatal como federal, cuyas posibilidades económicas hicieron viable el proyecto, Plaza Dorada fue, a principios de los años noventa, un sitio muy frecuentado. Desde luego que los cines (que se quemaron hace ya varios años) y la comida rápida al estilo norteamericano, llamaron la atención de la gente que encontró un espacio de fácil acceso en automóvil, sin problemas de estacionamiento y con muchas otras ventajas. Plaza Dorada era una especie de sueño al alcance del bolsillo; ahí no había tiendas exclusivas, pero sí una oferta interesante en un ambiente aséptico, fresco y sazonado con una especie de atmósfera local, donde uno podía encontrar muchos establecimientos tradicionales de nuestro medio. Tal vez la subsistencia del lugar, a pesar de la desaparición de los cines y de la creación de plazas infinitamente más espectaculares, se deba precisamente a ese aire doméstico que se ha mantenido en el lugar.



Ahí lo aspiracional mantiene su encanto pero sin necesidad de establecerse como una marca registrada, a cambio de ser, absolutamente, un lugar de paso y no esa especie de santuario en que se han convertido las plazas más modernas que recientemente se han inaugurado en nuestra ciudad, donde familias enteras van a pasar el día, mirando aparadores y comprando sueños de plástico con dinero plástico.La dicotomía entre nuestro localismo y nuestra necesidad de integrarnos a una globalización que apenas si comprendemos, se verifica culturalmente en ese lugar extraño que es Plaza Dorada, mezcla de hotel de lujo que ya vio pasar sus mejores días, de aeropuerto menor y de tianguis bien maquillado. En el lugar hay tiendas en las que yo jamás he visto un cliente, pero subsiste precisamente porque se acerca a la dimensión de nuestra rutina y porque nos permite soñar con algo que no nos resulta tan distante.
Por esto!, 11 de julio de 2008.

1 comentario:

Ego sum qui sum dijo...

Me recuerda a una señorita que estaba en contra del Circuito Metropolitano, porque permitía que gente del sur llegara a la Gran Plaza (fo!)...

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