miércoles, 16 de julio de 2008

Mérida: las costuras y los hilvanes



José Díaz Cervera

Entre la muchas cosas que puede ser una ciudad (centro del poder político-administrativo, lugar del intercambio regular de bienes, sitio de formación e información), no podemos soslayar que los espacios urbanos se constituyen de manera fundamental en grandes depósitos de símbolos. Los edificios, los nombres de las calles, los monumentos, la nomenclatura de los barrios y de las colonias, así como la distribución de las avenidas y de los centros comerciales y financieros, no son circunstanciales. La modernidad convirtió a la ciudad en un espectáculo altamente estimulante, y la posmodernidad ha generado una hiper-especialización del mismo. Lo que, sin embargo, ha hecho cada vez más complejo el asunto, es el hecho fundamental de que el personaje protagónico de las urbes posmodernas es el automóvil.Ciudades como Mérida, en cuya configuración original no se contemplaba más que el tráfico de carros tirados por caballos, ha tenido que ir luchando contra las nuevas circunstancias. En esta lucha el primer derrotado fue el peatón, que vio reducidos sus espacios y tiene que transitar en circunstancias desventajosas, sobre todo en las calles céntricas, donde las aceras son pequeñas y bastante resbalosas.


Algunas ciudades en condiciones similares han resuelto ese problema cerrando algunos espacios al tráfico vehicular y construyendo un gran mercado periférico (en una planificación que contempla también la edificación de algunas oficinas de gobierno y de zonas financieras que faciliten las operaciones, así como de estaciones para el transporte foráneo). Esto ha traído grandes ventajas, pues el mercado es un espacio urbano que utilizan ya muy poco los habitantes de la ciudad —quienes se han habituado a hacer sus compras en los llamados super-mercados— y más bien se ha convertido en un centro comercial para gente que viene del interior.Pocas veces, sin embargo, se repara en el hecho disfuncional que supone el que la ciudad abra cada vez más espacios para el automóvil en una circunstancia tan ambivalente como lo es el que en ella existan zonas que no se planificaron para tal efecto. Ante esto, a la ciudad originaria se le ha hilvanado una nueva ciudad periférica, espectacularísima y llena de oropel en algunos casos, timbre y orgullo de los gobernantes y de algunos despistados que ven en ella progreso y cosmopolitismo en torno a los cuales, sin embargo, tendríamos que reflexionar para poder entender lo que viene que, desde mi punto de vista, es una de las grandes amenazas para Mérida y sus habitantes. El poblador común y corriente de nuestra ciudad mira con beneplácito las políticas de desarrollo urbano, las plazas comerciales, las avenidas de muchos carriles, el orden, muy al estilo norteamericano y, en fin, el mensaje “civilizatorio” de las vías rápidas y los camellones. Lo que no debemos olvidar es que las ciudades —en su concepción moderna— se formaron al amparo de dos valores que, tarde o temprano, se volverán en contra de nosotros: el individualismo y la competencia. La fauna urbana, con sus tiendas exclusivas, con sus cafeterías, con su diletantismo y su contra-cultura, con sus bandas juveniles y sus júniors que se divierten disparando a la gente con sus rifles de diábolos, va costurando espacios sobre espacios, remendando lo que ha quedado raído por el tiempo, a veces con zurcido invisible, a veces con puntadas torpes. La ciudad se cierra y se concentra en un proceso que comenzó hace ya varias décadas. La exclusividad de algunos espacios urbanos y su consecuente atomización en cotos a los que sólo se puede arribar en automóvil (lujoso y de modelo reciente), habrá de traer índices importantes de delincuencia. La vecindad pactada sólo sirve para juntar a toda la clientela. Las plazas comerciales, los fraccionamientos de todo tipo, las zonas hoteleras y los corredores de diversión, han hilvanado a la Mérida originaria una ciudad que tiende a homogeneizar las zonas de convivencia, con el control consecuente de nuestras experiencias y la optimización de nuestras incompetencias comunitarias. Reflexionar y analizar en torno al modelo de desarrollo urbano que se ha venido proponiendo para Mérida desde hace veinte años, es la mejor arma para entender mucho de lo que nos sucede hoy y para prever lo que muy probablemente pueda suceder mañana.


Por esto!, miércoles 9 de julio de 2008.

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