Muchos poetas que viven del cuento.
José Díaz Cervera.

Blog de la Red Literaria del Sureste Mérida, Yucatán, México
Existe, entre la nueva camada de escritores jóvenes y otros no tanto, algunas actitudes impensables hasta no hace mucho tiempo. La generación anterior, quienes rondan ya los setenta abriles, enfocaban su manera de ser a eso, parecerlo. Hay quienes, incluso, se disfrazan de escritores o escritoras. Sin excepción enfocaban sus anhelos hacia el reconocimiento oficial más aún que el del público lector. Claro está, sin dejar de publicar de vez en cuando un libro. Dictar conferencias. Ganar becas. En fin, se circunscribían al ámbito meramente intelectual. Aunque justo es decir que desde siempre, los artistas han estado ligados íntimamente al poder. Casi todos los prohombres que forjaron nuestro país se encontraban rodeados de ellos, especialmente en la Guerra de Reforma.
de rey y ellos, aunque veladamente, su menosprecio a la “provincia”. De un día para otro, les ha entrado la euforia futbolística, y llegan al grado de ser contratados como comentaristas. Ah, ¡eso sí, sin excepción, todos le van a los Pumas de la Universidad. Esto parece dar cierto status. Y aquí incluyo a los artistas de la farándula, los que hacen películas del llamado nuevo cine mexicano. Al ser cuestionados acerca de cuál sería su deseo para México, después de responder lo clásico, añaden medio en broma y medio en serio, “y que ganen los Pumas”. Aquí hago un breve paréntesis que molestará a muchos. Héctor Herrera “Cholo”, a pesar de homenajes y demás, no ha sido el primer yucateco en ganar un Ariel. Lo ganó en dos ocasiones Arturo de Córdoba, hace muchos años, y recuerdo el nombre de una película en que obtuvo dicho galardón por papel protagónico: “En la palma de tu mano”.




tema feminista. Obras suyas, familiares en el ámbito yucateco, como “Orinoco” y “Rosa de dos aromas” lo demuestran. Ahora, con la pieza “Zorros chinos”, ratifica esa capacidad de introspección en el complejo mundo femenino, encuadrándola en un choque entre la dura realidad y los sueños de vivir un mundo lleno de sensaciones y sentimientos felices.
Pablo Herrero aparece en uno de sus acostumbrados papeles de tipo farsesco (corre el riesgo de encasillarse en ese tipo de personaje) para desempeñarse cómodamente como Pascual, el mezquino mesonero gachupín. Miguel Ángel Canto hace el papel de un ex jesuita de nombre Fray Ignacio, transformado en fraile franciscano; personaje clave en la obra por ser el conocedor pleno de lo que está ocurriendo en el trasfondo mágico y con ello cumplir la función de némesis de Yuriria y de los zorros chinos. Canto se desempeña con habilidad en su doble condición cómica y malévola, pero tal vez por el hábito y la capucha demasiado holgados para lo que debieran ser, tiene algunos altibajos de voz, que restan fuerza a su personaje.

Cuando leí su poesía retornó a mí la mujer deseosa de vida, que durante algún tiempo había permanecido oculta entre las sombras de la tristeza y la cotidianidad. Trajo a mi memoria las sensaciones que, a fuerza de estar tranquilos, en armonía con los otros, solemos olvidar. Me reafirmó lo efímero de la existencia, por lo cual retomé mis sueños y aspiraciones con mayor ímpetu. Sus poemas me impactaron, me acariciaron el alma y surcaron mi ser. Durante muchos días lave mis ojos, pude mirar de mejor manera las pasiones, los campos, los amores.
Ahora ha estado entre mis manos su libro “El alba y otros cuentos”, y me sucede de igual manera que con su poesía. Encuentro en sus letras una enorme sensorialidad, me trasporta a paisajes grandiosos, trae a mi memoria la sensación del agua, del viento, del lodo y la lluvia pegados al cuerpo, de los temores más arraigados de los niños y los hombres ya formados, del respeto al abuelo y la gran necesidad de que permanezca por siempre en un lugar a donde llegar a visitarlo; de temer a la naturaleza, pero de igual manera respetarla, vivirla y sentirla.
“… y algo dentro de mí se sumerge en el agua que me llama y quiero que me siga mojando esta lluvia. Quiero que regrese otra vez la tierra, lo que no debe dejarme, abuelo, para que sigas aquí, en lo que no quiero que dejes de ser, abuelo, en lo que no quiero que te pierdas.”
Pero de igual manera nos puede trasportar al olor, sabor, textura de rostros, voces, sonidos, música, ambiente de cantina, donde los hombres se comunican con el sonido de las copas, el humo del cigarro, la charla amena, o el silencio que algunas veces los acompaña; en esta atmósfera un hombre revive su creación, su momento luminoso, la respuesta más precisa a su existencia, “la música es el alma”.
“De alguna manera, en silencio comprendió por qué la música provenía de él como un grito que libera la vida, el alma. Que no estuviera ya sofocada, que no sintiera la opresión de la vida sofocándose, asfixiándolo.
Ahora la música era lo que podía sentir su cuerpo, lo que era posible en el cuerpo ser.”Este libro viene a recordarme que es posible soñar, mirar a través de los ojos de un hombre que con sus cuentos me regala noches repletas de estrellas, el cielo que baña de frescura mi cuerpo y mi corazón que se desborda cual tormenta.
Carlos Montemayor nace en Parral, Chihuahua, en 1947.
Desde 1985 es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. En 1993 recibió el Premio Juan Rulfo Internacional por su cuento Operativo en el trópico o el árbol de la vida de Stephen Mariner; el Xavier Villaurrutia por su libro de cuentos Las llaves de Urgell; el Alfonso X de traducción literaria; El José Fuentes Mares por su libro de poesía Abril y otras estaciones y el Premio de Narrativa Colima por la novela Guerra en el Paraíso.
Aceptado el contrato que Mike me ofrecía, nos trasladamos a Cancún en su carro, un Dart gris. Él vivía en una casa situada en zona residencial sobre la avenida Nader con su esposa y pequeña hija. Comenzamos los ensayos. Ufff!. Él y “Tse” Basteris, el baterista, habían platicado sobre mi. Estaban concientes de mi oxidamiento. Se dieron un plazo de dos semanas para que yo agarrase la onda. Practicábamos en dicha casa. El repertorio no era nada fácil. Ellos ya se lo sabían. No habían dejado la música como yoni. Los primeros días fueron caóticos. Algo no encajaba. Un día, mientras Mike, chiva por mis errores, subió a su cuarto, el batería y yo tocamos las rolas que habían salido pésimas con él. Sonó a toda madre. Conociendo como lo conozco, pienso que me la estaba haciendo cansada para que me apure. Rápidamente bajó e intentó enchufar toda su pedalea de efectos. No le dio tiempo. Exclamó que porqué no había yo tocado así. Él sabía perfectamente porqué.

Al mirar el gran revuelo que ha causado su partida llegan a mí muchas preguntas: ¿Qué era más importante para nuestros jóvenes, las votaciones o la muerte del rey? ¿Sentirán curiosidad o algún tipo de afectación ante la muerte de personajes menos famosos o más cotidianos? ¿Nos daremos cuenta de la fragilidad de la vida y por lo tanto encaminaremos nuestros empeños con más ímpetu y entrega? ¿Podremos mirar desde el cielo, o el infierno, cómo nos amaban, odiaban, u olvidan? ¿Seremos capaces de entender, mirar, aceptar nuestros errores, o pronunciar una palabra de amor, de consuelo, de solidaridad a amigos, compañeros o conocidos que vienen enfrentando grandes luchas contra alguna enfermedad? ¿Pensaremos muy bien las cosas antes de decirlas, publicarlas, o dejarlas tatuadas en la historia? ¿Contamos con más aciertos que errores para desempeñarnos en lo que, como profesión y labor, nos corresponde? ¿Seremos capaces de escupir al miedo para continuar atreviéndonos a mirar a los ojos y hablar con la verdad a pesar de las diferencias de vivir o pensar? ¿En algún tiempo nos corresponderá mirar la oscuridad y tener que dejar a quienes amamos anclados a la tierra?
Cuando uno piensa en las largas charlas que, caminando por la antigua calle de Plateros (hoy Madero, si no mal recuerdo) en la Ciudad de México, sostenían Gutiérrez Nájera y José Martí, uno no puede más que dejar volar la imaginación. La vehemencia del mexicano, su compromiso con la modernización de las letras nacionales (más allá de los corsés formales y de las ataduras vernáculas), debieron haberse catalizado con la lucidez del antillano, cuya prosa divina dio al español de ambas riberas del Atlántico un aliento y un ritmo sublimes.
denostación de todo aquello que tuviera algún tufo de subjetividad; esto llevaba al hombre a una especie de callejón sin salida, donde la esfera de lo sensible quedaba confinada a un ámbito en el que era prácticamente inexistente. Cuando leemos las polémicas que alrededor del asunto se ventilaron en los periódicos de la Ciudad de México, no podemos más que sorprendernos, no tanto por los argumentos —que a lo mejor no eran suficientemente sólidos en algunos casos—, sino por la vehemencia con que se emprendía la reivindicación de la esfera emocional del ser humano.